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Waterworld

Apocalipsis acuático

Dirigida por Kevin Reynolds, y producida y protagonizada (y, en parte, codirigida) por Kevin Costner, «Waterworld» (1995) fue en su momento la película más cara de la historia del cine, y un delirio cinematográfico-veraniego pocas veces visto. Dennis Hopper, Jeanne Tripplehorn y Tina Majorino completaron su reparto.

Parece mentira, pero Waterworld fue inicialmente concebida como una producción de bajo presupuesto. Su guionista, Peter Rader, elaboró una primera versión del libreto, según la cual la película tenía que ser una producción de corte infantil (¡). Por más que la premisa de ciencia ficción era la misma –en el futuro, aproximadamente en el año 2500, los casquetes polares se han fundido, subiendo el nivel del mar a más de 7.600 metros, anegando la práctica totalidad de la superficie terrestre y obligando a los supervivientes a vivir en el mar–, el tono del relato era muy diferente. Aquí, Mariner era el jefe encargado de la defensa del atolón, y su secreto más embarazoso es… ¡que le gusta pintar cuadros de caballitos de mar! Los villanos estaban liderados por un caudillo más bien tontorrón, el Diácono, amigo de vestirse como Neptuno en su trono a bordo del Exxon Valdez –petrolero tristemente célebre por haber protagonizado un catastrófico derrame petrolífero (40.900 metros cúbicos) el 24 de marzo de 1989–, y de castigar a sus sobordinados… abofeteándoles la cara con un pescado fresco. Se rumorea que Roger Corman rechazó el guión de Rader porque le parecía imposible llevarlo a la pantalla por menos de 3 millones de dólares, para él una fortuna. En cualquier caso, el libreto cayó en manos de Universal Pictures y Kevin Costner (n. 1955), quienes vieron un gran potencial para convertirlo en un vehículo de lucimiento para quien entonces era una de las mayores estrellas de Hollywood, gracias a éxitos como Los intocables de Eliot Ness (Brian de Palma, 1987; ver Cult Movie en núm. 262), su oscarizado debut como director Bailando con lobos (1990), Robin Hood: Príncipe de los ladrones (1991), JFK: Caso abierto (Oliver Stone, 1991), El guardaespaldas (1992) y Un mundo perfecto (Clint Eastwood, 1993). Waterworld sería la cuarta colaboración consecutiva de Costner con su amigo Kevin Reynolds (n. 1952), quien le había dirigido en ¿Dónde dices que vas? (1985) y Robin Hood: Príncipe de los ladrones, y a quien Costner le había producido Rapa Nui (1994); además, Reynolds había realizado, de forma no acreditada, las escenas de la manada de bisontes de Bailando con lobos. «Los dos Kevins» –como se les llamaba en la época– eran conscientes de que el guión necesitaba una reescritura en profundidad, tarea que encomendaron a David Twohy (n. 1955) –guionista de, entre otras, El fugitivo (Andrew Davis, 1993), y director de ¡Han llegado! (1996) o las tres entregas de las aventuras de Riddick (2000- 2004-2013)–, quien confesaría haberse inspirado en Mad Max 2: El guerrero de la carretera (George Miller, 1981) a la hora de reescribir Waterworld.



¡Zarpamos a la mar!

Aparte de Costner en el papel protagonista –el mutante Mariner, un hombre con branquias detrás de las orejas que le permiten respirar bajo el agua–, para encarnar al malvado Diácono, líder de los Smokers («fumadores »), se seleccionó al veterano Dennis Hopper (1936-2010), no sin antes considerar a Jack Nicholson (rechazado por caro), Samuel L. Jackson –que prefirió hacer Jungla de cristal: La venganza (John McTiernan, 1995)–, Gene Hackman –quien acababa de trabajar con Costner en Wyatt Earp (Lawrence Kasdan, 1994)–, James Caan, Gary Oldman, Gary Busey y Laurence Fishburne. Jeanne Tripplehorn (n. 1963), actriz que acababa de alcanzar fama gracias a Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992; núm. 207) y La tapadera (Sydney Pollack, 1993), interpretaría a Helen; y la entonces actriz infantil Tina Majorino (n. 1985), a Enola («Alone », «sola», leído al revés), la niña en cuya espalda está tatuado el mapa que conduce a Tierra Seca, el único rincón no inundado del mundo; la primera candidata a este papel fue Anna Paquin. Otros destacados intérpretes serían Michael Jeter (1952-2003), como el viejo Gregor, el inventor amigo de Helen y Enola; Kim Coates (n. 1958), como el navegante demente que quiere beneficiarse sexualmente a Helen (y que, a raíz de este rodaje, forzó una sólida amistad con Costner); y, en uno de sus primeros papeles, Jack Black (n. 1969), como el piloto del hidroavión de los Smokers.

Waterworld sigue siendo recordada porque las dificultades de su realización provocaron que su presupuesto, inicialmente previsto en 65 millones de dólares de mediados de los noventa y ampliables hasta los 100 millones, acabó alcanzando la para la época astronómica cifra de 175 millones (235 millones, si contamos costes de publicidad y distribución), lo que la convirtió en la película más cara de la historia del cine hasta la fecha; un récord que superaría Titanic (James Cameron, 1997; núm. 297); costes que, a día de hoy, y a consecuencia de la inflación, se han convertido en habituales en Hollywood. El grueso de la filmación, desarrollado entre el 27 de junio de 1994 y el 14 de febrero de 1995, tuvo lugar en exteriores de Hawai –Kona, la bahía de Kawaihae y el valle de Waipi’o–, completándose en localizaciones californianas de la playa de Huntington, la isla de Santa Catalina y Los Ángeles. Las escenas en alta mar se rodaron en el interior de un gigantesco recinto cerrado frente a las costas de Hawai. Fue allí donde el diseñador de producción Dennis Gassner, al frente de un equipo de 500 personas, ideó y edificó el gigantesco decorado a escala real del atolón: un escenario de 1.000 toneladas métricas para cuya construcción se agotó todo el acero disponible en Hawai: hubo que pedir acero extra a California. Ahora bien, el atolón de marras carecía de lavabos (sic), lo cual obligó a organizar turnos para ir a los aseos portátiles instalados en una barcaza cerca de la orilla. Por su parte, el diseñador de vestuario John Bloomfield confecciónó 2.000 trajes. La mala suerte se cebó sobre Waterworld desde el principio. Jeanne Tripplehorn y Tina Majorino casi mueren ahogadas cuando el trimarán de Mariner en el que se hallaban se hundió de improviso, provocando una succión que casi las arrastra al fondo del océano; ¡y eso en el primer día de rodaje! En contrapartida, Tripplehorn protagonizó la anécdota más divertida. El guión preveía una escena en la que Helen se desnuda, ofreciéndose a Mariner; Tripplehorn, que no quería encasillarse como «actriz que se desnuda» tras haberlo hecho en Instinto básico, se negó a hacer ese desnudo de espaldas pero solicitó poder elegir a la doble de cuerpo que tuviera el trasero más parecido al suyo; Tripplehorn y las tres body doubles se encerraron en un camerino, y en medio de grandes carcajadas, eligieron a la afortunada. Si bien Costner llevó a cabo en persona muchas escenas de riesgo, en los momentos más peligrosos fue doblado por el reputado surfista Laird John Hamilton. A pesar de las medidas de seguridad, el coordinador de especialistas Norman Howell sufrió los efectos de la descomprensión tras el rodaje de una escena bajo el agua, lo cual obligó a trasladarle urgentemente a un hospital de Honolulu en helicóptero; por suerte, se recuperó a los dos días. Los accidentes abundaron: varios figurantes casi se ahogan; y Tina Majorino fue bautizada por el equipo como «Jellyfish Candy» («caramelo de las medusas»), porque estos animales llegaron a picarla hasta en tres ocasiones. Por si todo eso fuera poco, Universal Pictures cometió la negligencia de no elaborar previamente un estudio de la meteorología de la zona, ignorando que en la misma había con frecuencia fuertes rachas de viento huracanado de hasta 45 kilómetros por hora, las cuales provocaron graves desperfectos a los decorados, forzando suspensiones temporales de la filmación para su reparación. Mientras tanto, la prensa norteamericana empezó a sacar los trapos sucios de la producción, difundiendo que los sobrecostes eran culpa de frecuentes banquetes con langosta y champagne en el atolón; o que Costner disfrutó durante todo el rodaje de una lujosa villa frente al mar con mayordomo, cocinero y piscina privada que costaba 4.500 dólares por noche, mientras que los extras tenían que alojarse en pésimas instalaciones que llegaban a alcanzar los 50º, provocando más de una hostilidad en el plató.



Un fracaso relativo

La amistad de «los dos Kevins» se resintió, dado que Costner empezó a meterse con frecuencia en el terreno de Reynolds. La situación degeneró hasta el punto de que Reynolds casi llegó a las manos con Costner, y terminó abandonando el rodaje; «Kevin solo debe protagonizar películas que dirige –declararía–. De esa manera puedes trabajar con tu actor y director favoritos». Para no detener la filmación, Costner tomó las riendas de la dirección, invirtió 22 millones de dólares de su propio bolsillo y estuvo en el plató los 157 días que duró el rodaje, trabajando seis días a la semana. Pasó bastante tiempo hasta que él y Reynolds se reconciliaron: el segundo volvería a dirigirle en la miniserie westerniana Hatfields & McCoys (2012). En el momento de su estreno en los Estados Unidos, que tuvo lugar el 30 de julio de 1995, se consideró a Waterworld un fracaso comercial. Y, si bien en su primer fin de semana hizo unos buenos 21 millones de dólares en taquilla, la recaudación final apenas superó los 88 millones. A nivel internacional, tampoco logró duplicar su presupuesto, margen necesario para alcanzar beneficios, con una taquilla mundial de 264 millones de dólares. Pero, andando el tiempo, la película no solo mejoró ingresos –42 millones de dólares en concepto de alquileres en formato doméstico–, sino que incluso acabó siendo rentable gracias a la explotación de un videojuego, y sobre todo, de una exitosa y espectacular atracción inspirada en ella que se encuentra en los parques de atracciones de la Universal en Los Ángeles, Singapur y Osaka. La reacción crítica fue tibia, cuando no hostil (sobre todo, en España). El film aspiró a una única nominación al Oscar en la categoría de Mejor Sonido (Steve Maslow, Gregg Landaker y Keith A. Wester)… pero también a los antipremios Razzie a la Peor Película, Actor y Director, llevándose uno Dennis Hopper como Peor Actor de Reparto.



«Mad Max» sobre el mar

No deja de resultar chocante que, a pesar de ser la película más cara realizada en su momento, Waterworld conservara y siga conservando el espíritu de producción de Serie B bajo el cual fue originalmente concebida. Eso se percibe, sobre todo a nivel de guión, en la caracterización de los villanos, los Smokers, y su líder, el Diácono, quienes protagonizan el grueso de las escenas más cómicas. La paradoja estriba en que, pese a ese gigantesco presupuesto, hay momentos en que la película no exhibe un acabado técnico demasiado impecable: si bien la decoración, vestuario, ambientación y utilería resultan notables, no puede decirse lo mismo de algunos efectos visuales, sorprendentemente pobres para tratarse de una superproducción: las escenas finales a bordo del globo que pilota Gregor lucen unas transparencias muy obvias que, no obstante, le confieren cierto encanto. No puede negarse, y más si lo han reconocido sus responsables, que Waterworld tiene contraídas deudas de guión y estéticas con la serie Mad Max en general, y con Mad Max 2: El guerrero de la carretera –la auténtica creadora de la «estética Mad Max»– en particular. «Mad Max sobre el mar» fue una de las definiciones más socorridas de la crítica de la época, y todavía hoy lo es. Y, en el momento de su estreno en España, la crítica nacional se cebó con Waterworld porque a Kevin Costner se le «tenían ganas» por haber cometido cinco años atrás un pecado de lesa «cinematograficidad»: haber ganado los Oscar a la Mejor Película y al Mejor Director gracias a Bailando con lobos, por delante del Martin Scorsese de Uno de los nuestros (1990) y del Francis Ford Coppola de El Padrino, parte III (1990). A pesar de su patente falta de originalidad y sus numerosos defectos, Waterworld no es una película tan despreciable. Desde luego que tiene aspectos negativos. En primer lugar, y dejando aparte su exceso de metraje –135 minutos son muchos para que cuenta–, hay que volver a mencionar la descripción de los villanos, más paródicos que amenazadores, más grotescos que temibles –en particular, un excesivo Dennis Hopper pasándoselo en grande–, por más que ello contribuya a ofrecer algo que cabe apuntar en el balance positivo del film: la caracterización del héroe, Mariner, como un personaje antipático, rudo, egoísta y malhumorado (a pesar de que, como resulta previsible, su coraza se irá desplomando, y su corazón ablandando, a medida que crezca su amor hacia Helen y su amistad hacia la pequeña Enola). El guión, asimismo –y perdón por el chiste fácil–, va a la deriva: no queda del todo claro cómo los Smokers han conseguido adelantarse y esperar a Mariner, Helen y Enola en la torre marina a cuyos ocupantes han asesinado previamente, los cadáveres de los cuales sujetan de brazos y piernas y mueven cual títeres para que parezcan vivos contemplados a distancia; o que Mariner consiga localizar el petrolero donde viven los Smokers antes de que estos asesinen a Enola.

“ Una epopeya de ciencia ficción que en su momento fue el film más caro realizado hasta la fecha ”

Sea como fuere, hay aspectos positivos que contribuyen a elevar el interés del film por encima de sus deficiencias narrativas y sus abundantes convenciones. Por más que pueda verse como una concesión al divismo de su productor, estrella protagonista y, dicen, codirector, lo cierto es que Mariner es el personaje más interesante y mejor descrito del relato: su manera de, por ejemplo, reciclar su propia orina para convertirla en agua potable, tal y como vemos en la primera secuencia del relato (algún crítico norteamericano de la época afirmó que no dejaba de tener su gracia que la película más cara de la historia del cine empezara… con una meada); su forma desconfiada de relacionarse con otros navegantes como él (y que da pie a la secuencia más incómoda del film: aquélla en la que Mariner «alquila» los servicios sexuales de Helen al desquiciado navegante encarnado por un histriónico Kim Coates); y en particular, el inicio de su relación con Helen y Enola tras haber huido del atolón a bordo de su trimarán, a las que trata con brusquedad. Otro aspecto que funciona bien es el tono cotidiano con el que está visto ese hipotético mundo futuro, notorio en las escenas que transcurren en el atolón durante el primer tercio de la trama: Reynolds mira ese formidable decorado con cotidianeidad. También resuelve con solidez las secuencias de acción, tal es el caso del ataque de los Smokers a ese mismo atolón y las escenas de «suspense» a bordo del trimarán de Mariner. Hay toques «extraños» en la descripción de los Smokers que hacen pensar en Terry Gilliam; el mejor, ese anciano que vive en el depósito de combustible del petrolero y que exclama: «¡Gracias a Dios!» cuando ve venir una muerte liberadora en forma de incendio del combustible desatado por Mariner. Y brilla con luz propia una bonita secuencia fantastique: la visita a la ciudad sumergida por parte de Mariner y una asombrada Helen metida dentro de una especie de campana de inmersión.

Tomás Fernández Valentí

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