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Feminismo para las masas: Wonder Woman

Con Wonder Woman, la superheroína ha llegado para quedarse. Icono del feminismo pop, el personaje, creado a principios de los años cuarenta del pasado siglo por el psicólogo William Moulton Marston, promete ampliar el campo de batalla de lo superheroico con su primera película de imagen real como protagonista.


El personaje devino icono pop gracias a la serie protagonizada por Lynda Carter en los años 70.

Erase una vez la superheroína. En diciembre de 1941, recién estallada la Segunda Guerra Mundial, Wonder Woman llega al mundo del hombre, al comic book de superhéroes, como síntesis de unos principios inauditos por entonces y aún hoy en la cultura popular: sororidad, cuestionamiento del poder asignado a un género, empoderamiento físico y mental de las mujeres para hacer frente al patriarcado… Diana de Themyscira, a punto ahora de desembarcar desde su Isla Paraíso en los cines de todo el mundo con los rasgos de la actriz Gal Gadot, ha encarnado estos valores de manera pública y notoria en las suficientes ocasiones como para considerarla un icono feminista.

De hecho, aunque muchos todavía lo desconocen, Wonder Woman es un artefacto de ficción popular único, excepcional, en el que confluyen los principios por la educación de las mujeres impulsados en el siglo XIX por la primera ola del feminismo, la mítica amazónica resignificada a principios del XX por el imaginario sufragista, la lucha en pos del control de la natalidad liderada por Margaret Sanger en el periodo de entreguerras, y las heterodoxas ideas del creador del personaje, el psicólogo William Moulton Marston, y sus compañeras Elizabeth Holloway y Olive Byrne, sobre el reparto del poder; materializado todo ello en un sujeto, una supermujer, «tan bella como Afrodita y sabia como Atenea; más rápida que Mercurio, y más fuerte que Hércules».

La contrapartida femenina en la editorial All-American Publications –más adelante DC Comics– al Superman de Jerry Siegel y Joe Shuster debía sus poderes a su formación en Isla Paraíso como guerrera; cuerpo y mente entrenados para transformar el contexto por medio del ejemplo y la pedagogía. Para esta misión fue primordial un diseño convincente, seductor, labrado por el dibujante H.G. Peter a partir de la tradición pin-up de la época, pero en confluencia con el estilo legado por la prensa sufragista de la que él fue parte. ¿El objetivo último de Wonder Woman? Mostrarle a niños y niñas unas dinámicas de relación inéditas en el cómic de la época, con la igualdad como bandera y el cuerpo como arma metafórica.



Wonder Woman lanzó desde las viñetas las semillas del feminismo a lo largo de setenta y cinco años llenos de aventuras, relanzamientos y crossovers, durante los cuales se ha mantenido como el personaje más importante de DC Comics junto a Batman y Superman. En 1972, se convierte en bandera del feminismo de segunda ola al aparecer en la portada del primer número de la revista «Ms.», creada por la activista Gloria Steinem. Y, al mismo tiempo, deviene icono pop gracias a la interpretación de Lynda Carter en la serie televisiva emitida entre 1975 y 1979. En los años ochenta, la superheroína mudará sus rasgos en manos del guionista y dibujante George Pérez a una versión reminiscente de la mitología clásica que inspiró a sus artífices originales, pero sin la picardía del pulp de los cuarenta, ni el feminismo amazónico vinculado al sufragismo de principios del siglo XX.

Wonder Woman ha sido producida y leída desde múltiples perspectivas. Su iconografía nutre tebeos para infantes y portadas de «Playboy»; muñecas de acción y estatuas de coleccionista; maquillaje creativo, zapatillas de deporte y complementos BDSM. Una superheroína que es, a su vez, un significante polisémico digno de estudio, capaz de contener en sí misma todo aquello que nuestro presente puede llegar a considerar tanto sagrado como profano. No en vano, inspiran su labor diosas como Artemisa o Diana la Cazadora, pero también Atenea y Afrodita. Leída como virgen, consumida como pin-up, tan solo en fechas recientes ha podido ser presentada en su cabecera como queer sin miedo a represalias por parte del mercado editorial.

La princesa amazona del siglo XXI ha ejercido como diplomática en momentos de conflicto, ha empuñado la espada cuando ha sido necesario, y ha transitado por no pocos valles de sombras. Hay quienes afirman que el 11-S ha afectado a su misión más de lo que pudiera parecer, abocándola a una trayectoria indefinida a la que también han contribuido no pocos reboots. Los mismos, no obstante, nos han llevado a uno de los renacimientos más interesantes hasta la fecha, el del arquetipo superheroico como vocación de servicio, tema recurrente en la obra de Greg Rucka, último guionista de la cabecera regular. A la luz de lo visto en el último tráiler de la Wonder Woman de Patty Jenkins, lo planteado por Rucka parece haber calado en la filosofía de la película cuyo estreno está previsto en España para el próximo 23 de junio.

Wonder Woman, icono-marca para una emporio mediático como Warner Bros. Entertainment, representa, a su vez, la oportunidad de entender a las superheroínas como bombas simbólicas. El superhéroe se ha perdido en sus traumas infantiles y taras sublimadas, como ejemplifican Capitán América: Civil War (2016) y Batman v Superman: El amanecer de la Justicia (2016); la superheroína ha llegado para quedarse e infectar de feminismo épico las mentes que darán forma futuro.

(SUPER)HEROÍNAS DE ACCIÓN PARA EL NUEVO MILENIO

Han pasado casi veinte años desde que X-Men (2000) y X-Men 2 (2003), ambas de Bryan Singer, y Spider-Man (2002), de Sam Raimi, dieran confianza a cierta parte de la audiencia, por no hablar del fandom, en un cine de superhéroes con potencial como para ser un registro en sí mismo. La legitimación, en ese sentido, se debe a Christopher Nolan, que, con Batman Begins (2005), y su sentido de la gravedad post 11-S, marcaría un camino que despejaría aún más El caballero oscuro (2008). Ese mismo año, Marvel contribuía a cimentar el género desde el desenfado con Iron Man (2008).



Y, en todo este recorrido superheroico, ¿dónde han quedado ellas, las superheroínas? Bryan Singer nos hizo creer por un momento en el poder de Jean Grey (Famke Janssen), aunque Fénix quedara relegada finalmente a ser una marioneta de los patriarcas mutantes, Magneto (Ian McKellen) y el Profesor Xavier (Patrick Stewart); algo parecido a lo que le ha ocurrido a otro personaje con posibilidades, Mística, interpretada en las últimas entregas del universo mutante por Jennifer Lawrence.

Además de estas incursiones decepcionantes, encontramos un nuevo desengaño en dos películas que, dadas las fuentes de las que partían, podrían haberse constituido en un retrato empoderante, pero fueron incapaces de trascender el haber sido gestadas como producto de segunda categoría: Catwoman (Pitof, 2004), protagonizada por Halle Berry, que también interpreta a Tormenta en la saga X-Men; y Elektra (Rob Bowman, 2005), que contó con Jennifer Garner, protagonista en aquella época de la serie de espías Alias (J.J. Abrams, 2001-2006). Ambos films pueden enorgullecerse de pasar el Test de Bechdel, pero el carisma y la épica feminista que podrían haberse inoculado en sus imágenes desde cómics como «Elektra: Asesina» de Frank Miller y Bill Sienkiewicz, o «Catwoman», guionizada por Ed Brubaker, brillan por su ausencia.

Espíritu que sí encontramos en Hit-Girl (Chloe Grace Moretz), creada por Mark Millar y John Romita Jr., que en Kick- Ass (2010) y Kick-Ass 2: Con un par (2013) lleva al límite el cuestionamiento del superhéroe en tiempos del capital. Por lo demás, el lugar subsidiario de la superheroína en los universos cinematográficos Marvel y DC apenas se ha puesto en entredicho, salvo contadas excepciones. Así, Joss Whedon y los hermanos Russo han hecho de un personaje tan sugerente como la Viuda Negra (Scarlett Johansson), mero comodín del universo Marvel. Zack Snyder, por su parte, presentaba en sociedad en Batman v Superman: El amanecer de la Justicia a una Wonder Woman (Gal Gadot) orientada a hacer de la épica antes citada, no un patio de juegos, sino su campo de batalla simbólico.

Lo mismo está sucediendo, aunque de una manera un tanto irregular, en series con heroínas al frente como Agent Carter (Hayley Atwell), Jessica Jones (Krysten Ritter), o Supergirl (Melissa Benoist). Esperemos que esta tendencia se consolide con Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017), Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019) y las demás supermujeres que estén por llegar.

Elisa McCausland 

Elisa McCausland ha escrito el libro «Wonder Woman: El feminismo como superpoder», que publica la editorial Errata Naturae coincidiendo con el lanzamiento del film de Patty Jenkins, y del que este texto supone un pequeño adelanto.

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