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La maldición de Ariel

Uno de los grandes contratiempos que puede sufrir una actriz infantil que pretende que, cuando crezca, se la tomen en serio como intérprete, es que, al llegar a la pubertad, le crezcan demasiado las tetas. No voy a ser hipócrita: las glándulas mamarias me gustan tanto como a cualquiera, pero no logro entender que, a punto de entrar en la segunda década del siglo XXI, todavía sigan subsistiendo los suficientes primates con mentalidad de pajilleros como para que resulte imposible que una mujer bien dotada pectoralmente aparezca en público –y no hace falta que sea tan exhibicionista como nuestra amiga Ratajkowski– sin que se comente más el tamaño de su canalillo que sus capacidades interpretativas… Y si no, que se lo digan a Alexandra Daddario, protagonista de la escena más rebobinada de la primera temporada de True Detective –si todavía viéramos y grabáramos en VHS, se habrían quemado millones de cintas por todo el planeta–. Vale, es verdad que he hecho chistes sobre sus glándulas mamarias en mi texto de Baywatch (Los vigilantes de la playa). Pero lo he hecho para reírme de esa obsesión colectiva.

Porque, a ver, Daddario es joven, pero es una treinteañera. Lo de Ariel Winter, que saltó a la fama como la Alex Dunphy de Modern Family, ya entra dentro de lo enfermizo. Cuando empezó en la serie tenía solamente once años, y un físico, por lo tanto, aniñado, pero el aceleradísimo ritmo al que se le desarrollaron los pechos la convirtió en uno de los grandes objetivos de la gran mayoría de pervertidos de internet –esos cuyo contacto físico con el sexo opuesto debió acabarse en el día de su parto–, que empezaron un acosoa quien, por entonces, no dejaba de ser una menor… Hasta qué punto de asquerosidad llegó el tema, que hace un par de años, y con la excusa de que le costaba encontrar ropa, Winter decidió hacerse una reducción de pechos, pasando de una 32F, es decir una 85F, a una 34D, o sea una 90D –esto de los contornos y las copas me suena tan a chino que he tenido que mirarlo por internet–. Ojalá le sirva de algo.

Héctor Adama

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