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Ese Men que las vuelve Mad

En los últimos años, ha habido pocos personajes televisivos tan bajabragas como el Don Draper que Jon Hamm interpretó durante siete temporadas en Mad Men. Frente a la ingente cantidad de ofertas sexuales de toda calaña que ha debido recibir el actor desde el estreno de la serie –y a la continua rumorología de que las aprovechaba a las más mínima oportunidad, incluso con compañeras de trabajo… ejem Elisabeth Moss, ejem–, a nadie le resultó extraño que, hace un par de años, hiciera público que se separaba de su pareja de toda la vida, Jennifer Westfeldt, para sacar a subasta pública su miembro viril, que, según algunos rumores y otras tantas fotos, es del tamaño de una anaconda. Desde entonces, no han hecho más que multiplicarse los rumores de quién ha pasado por su po… esto, casita de soltero: que si su compañera January Jones, que si Kate Beckinsale –que también hace un par de años se separó del director Len Wiseman: yo habría hecho lo mismo si me hubieran producido un truñazo como Underworld: Guerras de sangre–, que si Jenny Slate –la ex de Chris «Capitán América» Evans–… Por no hablar, claro está, de esas desconocidas random con las que le pillan los paparazzi, y que sirven para llenar revistas del corazón con titulares tipo «La bella desconocida que le ha arrebatado el corazón a Don Draper» –aunque sea su entrenadora personal o su coach de acentos… ¿quién soy yo para quitarle la ilusión a los fans de los cuchicheos?–.

Pero no todo en la vida de Hamm es ligoteo y despreocupación. En realidad, el actor compartía algo más que la cara –y la percha– de Don Draper: también le gustaba empinar el codo, y no precisamente para cantar en el karaoke. De hecho, ha reconocido públicamente que tuvo que seguir una terapia de rehabilitación para dejar de beberse hasta el culo de los cubatas de los demás, lo que coincidió casi en el tiempo con la publicación del libro «Kathy Griffin’s Celebrity Run-Ins» –escrito, ¡oh sorpresa!, por Kathy Griffin–, en la que la actriz y humorista rememoraba una comida infernal compartida con un Hamm borracho como una cuba. Parece ser que, mientras Griffin intentaba hablar con Jack Nicholson de política –también podría ser que se haya tirado el pisto y, en realidad, estuvieran hablando del tiempo–, Hamm le iba haciendo comentarios insultantes al oído: «Tu Emmy no es un Emmy de verdad», «Eres muuuuuy vieja», «Tus zapatos no hacen juego con tu vestido»… Comentarios llenos de clase, sin duda. Claro que, no nos engañemos, beodos o no, ¿a quién no le gustaría trollear una comida aburrida, y más estando rodeado de peces gordos de Hollywood?

Héctor Adama

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