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Los cigarritos de Kevin

Quien también está teniendo muchos problemas para superar sus problemas con el alcohol –y para bajar lo suficiente de peso como para enfundarse el traje de hombre murciélago sin que se le salgan las lorzas por todos lados– es Ben Affleck. Una adicción que lleva arrastrando muchísimos años, desde antes de que le lanzara a la fama, gracias a ese díptico formado por Mallrats y Persiguiendo a Amy, el que entonces era uno de sus principales amiguetes en la industria, Kevin Smith… Al menos antes de que, siempre según el director de Nueva Jersey, la exmujer de Affleck, Jennifer Garner, le persiguiera, rulos en la cabeza y rodillo de amasar en la mano, y le echara de su casa por hacer esas bromas de caca culo pedo pis con las que suele trufar sus guiones –acompañadas de unas cuantas referencias a Star Wars, que debe ser el único blockbuster que se ha rodado en la historia de Humanidad–.

Seguro que habréis pillado que lo de los rulos y el rodillo lo he añadido yo para enfatizar lo machista del comentario de Smith… Que a mí, qué queréis que os diga, me huele raro. Más concretamente a maría, y no precisamente de la marca Fontaneda. Porque, no nos engañemos, Affleck es un adicto que, pese a haber seguido varias terapias, ha recaído una y otra vez, y no creo que a Garner le hiciera especial gracia que siguiera viéndose con un reconocido consumidor de cannabis que, además, se muestra públicamente orgulloso de darle a los cigarritos de la risa.

A pesar de que, en las películas del View Askewniverse, interpretó a ese traficante pop llamado Bob el Silencioso, Smith –que, como acabéis de ver, se basta y se sobra a la hora de echarle a los demás la culpa de sus propios problemas– asegura que se aficionó a ponerse fino a diario después de trabajar con otro porrero mayor, Seth Rogen, en esa imitación mala de las producciones de Judd Apatow que era ¿Hacemos una porno?… Y que, como decía el compañero Viruete en un podcast de «Campamento Krypton» –nada mejor para curarse la morriña de vivir lejos de casa–, evidenciaba que Smith, más allá de darle al manubrio, ni se había parado a pensar en cómo ruedan los directores de cine X.

La cuestión es que, desde que empezó a aficionarse a la maría, la carrera del director de Clerks, ya alicaída de por sí, ha ido cayendo en una espiral que, salvo por ese auténtico champiñón que es Red State –para mí, fácilmente, lo mejor que ha rodado en su carrera–, ha derivado en engendros de calibre de Vaya par de polis, Tusk o Yoga Hosers… Convirtiéndole en un ejemplo vivo de que, sí amigos, una cosa es darle al porro de forma recreativa, y otra fumar hasta ser incapaz de distinguir entre un bombón de chocolate y un ñordo maloliente. Esto intentaba ser una metáfora, pero teniendo en cuenta la adicción de Smith, no me extrañaría que fuera también una verdad literal.

Héctor Adama

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