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Mi amiga Gwynnie

Permitidme que me ponga en plan Abuelo Cebolleta. Cuando todavía era un periodista en ciernes, y ni siquiera soñaba con darme un chapuzón en Venice Beach –de hecho, lo más lejano que conocía era la playa de Cadaqués, conocida gracias a Salvador Dalí y a Sopa de Cabra–, fui a una rueda de prensa de presentación de la versión de Emma que firmó, a mediados de los 90, Douglas McGrath. Allí estaba su protagonista, Gwyneth Paltrow, cuando era conocida, sobre todo, por retozar –y hacerse fotos en todos los saraos posibles– con Brad Pitt en su plenitud carpetera, y aquí el menda le echó valor y decidió hacerle una pregunta. Ella me miró directamente a los ojos y me respondió sin apartar la mirada ni un momento. No sé cómo logré no deshacerme allí mismo –ni contener la inevitable erección–, porque os aseguro que las fotos no hacían justicia a la belleza de la Gwyneth de veintipocos años.

Veinte añazos han pasado desde entonces, y más allá de que los cuerpos, tanto el suyo como el mío, han ido a peor –con la diferencia de que yo no tengo dinero ni necesidad para estirarme la piel ni para inyectarme bótox en vena–, lo que sí que ha caído en picado es la estabilidad mental de la hija de Bruce Paltrow y Blythe Danner. Porque, obviando esa historia de amor que tuve con ella en mi imaginación, con los años Gwyneth se ha revelado como una diva insoportable, exigente y, en pocas palabras, tocahuevos de categoría –entre otras excentricidades, parece ser que, cuando va al gimnasio, exige que alguien pase el mocho antes de meterse en la ducha–, a la que, si no fuera por su papel en la franquicia Iron Man, Hollywood hace tiempo que habría dado la espalda.

No ayuda, claro está, que sea una auténtica loca de la comida orgánica, los rollos energéticos y todas esas pijadas en las que creen los niños de papá que pueden permitirse desayunar batidos a 11 dólares el vaso –dicho así puede no parecer mucho, pero pensad que los ingredientes que utiliza le cuestan unos 400 dólares al mes, más o menos–. Un nivel de vida que comparte en su web de productos naturales «Goop» –que es más o menos lo que uno exclama cuando ve los precios–, en la que se promocionaban también unas pegatinas de la empresa Body Vibes para, ojo, «reequilibrar la frecuencia energética de nuestros cuerpos», y que la web aseguraba que estaban fabricadas por el mismo material de carbono conductor que utiliza la NASA en los trajes de astronauta. A la velocidad de la luz –no esperaba menos de ellos–, la agencia espacial estadounidense desmintió la (risible) afirmación, así que Body Vibes, así como «Goop», han eliminado la referencia a la NASA… Pero siguen vendiendo el pack de diez pegatinas a 60 dólares de nada. ¿Quién dijo timo?

Héctor Adama

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