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Pero ¿a dónde Rohrbach?

Cierto es que Baywatch (Los vigilantes de la playa) se ha llevado, ¡oh sorpresa!, un auténtico hostión en la taquilla. Sin embargo, para cualquier otra actriz que no fuera Kelly Rohrbach, la oportunidad de ponerse en la piel del personaje más icónico de Pamela Anderson –junto al de su sex tape con Tommy Lee– debería haberla ayudado a auparse, o al menos a situarse muy cerquita, del estrellato. Si no se le ha dado demasiada cancha a Rohrbach no es porque, como insinuaba jocosamente en lo que escribí sobre la película –subrayo, para los estirados y para los voennyi kommisar: jocosamente–, no tiene la suficiente pechonalidad, sino por una razón más banal (si cabe): porque no la soporta ni el Tato.

Hay que recordar que, al menos hasta el momento, sus méritos artísticos, más allá de un montón de cameos y de personajes puramente anecdóticos, se circunscriben a sus exhibiciones cárnicas en las portadas de la Swimsuit Edition de «Sports Illustrated» –que tantos desahogos ha proporcionado a los jóvenes estadounidenses– y a su relación de seis meses con Leonardo DiCaprio. Así que los aires de diva que, según afirman algunos de los presentes en el rodaje de Baywatch, se daba la chica –que se negó a interaccionar con sus compañeros de reparto, quizás por si, sin querer, le pegaban algo de inteligencia– no le hicieron ganarse, precisamente, la simpatía ni de sus compañeros ni de los productores del film… Y es que hay que señalar que la chica, ahí donde la veis, siempre medio despechugada, viene de familia bien –su padre Clay fue un alto ejecutivo dentro de la firma financiera Morgan Stanley, donde se distinguió por hacer callar a los empleados acerca de los tejemanejes más oscuros de la empresa–, así que no deja de ser lógico que no quisiera mezclarse con según qué clase de chusma.

Héctor Adama

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