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Sitges. Sus primeros 50 años

Escribir sobre el cincuentenario del Festival de Sitges (me permito utilizar su nombre popular) desde mi posición actual de director del certamen me resulta algo complicado por razones difíciles de trasmitir. En mi caso no puedo dejar de lado no solo los ya diecisiete años ejerciendo esta labor, sino que mi relación con el Festival abarca profesionalmente desde 1992 (año en que coordiné una mesa redonda sobre los diez años del estreno de «Blade Runner») y como asistente como espectador o crítico acreditado desde 1982, cuando asistí al pase de inauguración de aquella memorable edición con «La cosa (El enigma de otro mundo)», de John Carpenter.


Ello me da una perspectiva de 35 años en los que he visto diferentes momentos del Festival de Sitges que van desde el crecimiento vertiginoso de los años ochenta hasta convertirse en el referente principal del cine fantástico mundial en la actualidad, pasando por épocas de indefinición, transición o drástica transformación. Sitges siempre ha sido desde esa perspectiva un certamen atípico, alejado de la propia estructura y el funcionamiento de la mayoría de eventos similares tanto nacionales como internacionales, que ha sabido imponer una dinámica personal tanto en la selección de contenidos como en la creación de tendencias y mitologías. En ese sentido, la sinergia entre la labor de la prensa especializada, las diferentes direcciones artísticas y la decisiva participación de un público que, como buen amante del fantástico, nunca se ha limitado a ser un receptor pasivo, ha compuesto un mapa de tendencias en los últimos cincuenta años que ,sin moverse por senderos tópicos o derivativos, ha conformado un mapa de títulos fundamentales, realizadores (nacionales e internacionales) y vías de expresión del género mucho más válido e influyente que otros certámenes ya existentes en el momento del nacimiento de Sitges (como el desaparecido Avoriaz) o los que le han seguido en forma de red internacional de valoración del género (como Bruselas, Oporto, Neu Chatel, Fantasía o Fantastic Fest).

Aunque parezca que el término se adoptó de manera reciente, en Sitges siempre se jugó desde el inicio con una idea del género más comprometida con la propia definición de fantástico, no siendo un certamen fundamentalista en lo que a la selección se refiere. Desde la época de los entusiastas fundadores a finales de los años sesenta, Sitges se esforzó en ampliar el campo definitorio del género, no queriendo ser nunca un mero nicho para fans fatales del horror o el gore, sino extendiendo e manera generosa su abrazo a la ciencia ficción y a un tipo de cine weird o genérico desde su mirada, para algunos dentro de las coordenadas del art house de la época o del concepto actual del cine de autor. Y eso se ha hecho en el Festival tanto desde una punto de vista actual como retrospectivo, reivindicando para el fantástico nombres como Fellini, Bergman, Tarkovski, Resnais, Delvaux, Haneke, Greenaway, Resnais o von Trier (entre muchos otros) sin olvidar la obligada referencia a los Raimi, Jeunet, Jordan, Carpenter, Jackson, Wingward, Trevorrow o West. Y no podemos dejar de lado la labor del Festival por la búsqueda constante del talento joven nacional a través del mundo del cortometraje (siempre perfectamente representado en el Festival), las óperas primas, creando poco a poco tanto una mirada reivindicativa a un fantástico nacional en ocasiones olvidado cuando no maltratado, como un cuidado especial a esas nuevas generaciones que han ido renovando y engradenciendo el género y que han dado nombres como Álex de la Iglesia, J.A. Bayona o Jaume Balagueró entre muchos otros.

Pero posiblemente el gran secreto de Sitges es su capacidad durante medio siglo de segmentar y presentar una programación cuya lógica interna se comunique sin excesivos problemas a un público cambiante pero fiel, que responde a los resortes de una cinefilia tan cinéfaga como reflexiva. Gracias a estos resortes, Sitges se ha permitido el lujo de mutar, evolucionar y crecer, extenderse a ámbitos que en ocasiones parecían lejanos y/o extraños, como la animación, la televisión o, recientemente, la realidad virtual, subrayando además la necesaria interactividad no solo con el público sino también con una crítica cada vez más renovada generacional y estructuralmente, sobre todo con el impacto de los medios digitales o las redes sociales. Y no hay que olvidar la estrecha relación del certamen con una industria cada vez más protagonista en términos no solo de producción o distribución sino en la misma canalización de la marca del fantastique, clave en la propia promoción del género dentro de las estructuras de financiación donde ha ido creciendo gracias a su probada capacidad de generar negocio y talento.



«Desde la época de los entusiastas fundadores a finales de los años sesenta, Sitges se esforzó en ampliar el campo definitorio del género»


Sitges-Festival Internacional de Cinema Fantastic de Catalunya, que ese es su nombre oficial, cumple medio siglo gracias a la fuerza creativa e ilusionante de una ciudad mediterránea, siempre pionera en la gestión de sus propias referencias culturales y de unas gentes que supieron apostar en su día por una opción que, en ese momento, casi se medía por dimensiones de malditismo. Hoy en día, no libres de formas de censura menos evidentes pero no menos peligrosas, el fantástico se libra a través de masas fieles y dialécticamente productivas que se comunican de manera especial y privilegiada a través de foros, siendo Sitges uno de sus templos más importantes y necesarios, un lugar donde no solo se consumen películas, sino que se digieren y se convierten en claras tendencias y líneas por donde circula el ADN del género. En este esfuerzo colectivo de décadas han contribuido muchísimas personas, instituciones, marcas colaboradoras y talento que han sido en cada caso individual imprescindibles para llegar a esta celebración en 2017. Un esfuerzo colectivo, no fácil, llevado a veces por los angostos caminos presupuestarios, por los senderos de crisis y coyunturas políticas, pero que define de forma brillante la capacidad de una sociedad de establecer elementos reguladores de una gestión cultural no basada en criterios elitistas ni caducos, sino teniendo en cuenta un resorte propio de la cultura popular tan decisivo como el cine y, en especial, el cine fantástico.

Sitges cumple 50 años en un momento decisivo para la idea propia del cine, tanto en su naturaleza artística como en su forma de ser consumido. El rápido desarrollo de formas rápidas y efectivas de exhibición en hogares, el impacto espectacular de la ficción serializada, el futuro de las salas de cine y su oferta, el extraño divorcio del espectador medio en relación a la oferta tradicional en salas, el necesario debate de la labor de la crítica, la naturaleza de la evolución de la dimensión académica de la formación cinematográfica y las nuevas vías de financiación son, entre muchos otros temas, ejes que transformarán en los próximos años (si no meses) lo que entendemos por cine y sus derivaciones. Los Festivales tienen una misión mediadora y canalizadora fundamental en todo este panorama a veces cáotico, cambiante y algo inabarcable en lo que se ha convertido lo cinematográfico. En medio de todo ello, el fantástico, esa categoría genérica que ha ido relacionando viejas y nuevas formas de realización audiovisual, se engrandece, se amplia en objetivos y espectadores. Sitges ha llegado a este momento en una posición privilegiada y desde ella, con el trabajo de todos los profesionales que han sido y son parte de su enorme familia, será sin duda un foro de tendencia y debate en torno a ese género que se ha convertido en el medio multivisual más popular de nuestro tiempo.

Ángel Sala

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