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PROYECTO BRAINSTORM

Douglas Trumbull, genial creador de efectos visuales a quien se le deben los trucajes de clásicos de la ciencia ficción como 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y Blade Runner (Ridley Scott, 1982), llevó a cabo dos trabajos como realizador, ambos también inscritos en el género de la ficción científica: la fábula ecologista Naves misteriosas (1972) y la aquí comentada Proyecto Brainstorm (1983), una rareza con un elevado contenido experimental que, a pesar de su presupuesto, alto para los cánones hollywoodienses del momento –18 millones de dólares–, acabó saldándose con un fracaso comercial: apenas 10 millones de dólares en los EE.UU. Proyecto Brainstorm era una película ambiciosa, pretenciosa incluso, que intentaba combinar un argumento complejo con una innovadora técnica cinematográfica. La trama gira alrededor de un grupo de científicos, capitaneado por Michael Brace (Christopher Walken), su exesposa Karen (Natalie Wood) y su amiga Lillian Reynolds (Louise Fletcher), responsables de un asombroso descubrimiento científico: una máquina capaz de grabar los pensamientos, las sensaciones e incluso los recuerdos, y de almacenarlos en una cinta magnética susceptible de ser reproducida, y por tanto «sentida», por una tercera persona tantas veces como se quiera. Pero Alex Terson (Cliff Robertson), director de la empresa que financia el proyecto, quiere aprovechar el descubrimiento para usos militares. La muerte inesperada de Lillian, víctima de un ataque cardíaco, y que en el momento de su fallecimiento graba lo que acontece mientras tanto en su cerebro –es decir: graba el Más Allá…–, precipitará los acontecimientos.



A partir de un guión escrito por Robert Stitzel y Philip Frank Messina, sobre un argumento de Bruce Joel Rubin –guionista de otras dos películas con el Más Allá como telón de fondo: La escalera de Jacob (Adrian Lyne, 1990) y Ghost (Más allá del amor) (Jerry Zucker, 1990)–, Trumbull concibió el film como un campo de pruebas para el Showscan, un proceso de filmación de 60 fotogramas por segundo en vez de los 24 tradicionales, combinado con un formato de pantalla de 70 mm, destinado a conseguir la máxima definición de imagen lograda hasta la fecha. Ambicioso experimento que la productora de la película, Metro-Goldwyn-Mayer, frustró por considerarlo, primero, demasiado caro (Trumbull acabó usando velocidades y formatos de pantalla más convencionales), y también, como consecuencia de una desgracia que dañó irremisiblemente a la producción: la muerte prematura de su actriz protagonista, Natalie Wood, el 29 de noviembre de 1981, a los 43 años de edad, ahogada en las aguas de la californiana isla de Santa Catalina en desdichadas circunstancias y a pocos días de finalizar su participación en la película: el director completó sus planos recurriendo a su hermana, la también actriz Lana Wood (Diamantes para la eternidad).

A pesar de una secuencia de acción metida con calzador para insuflarle espectacularidad, y perfectamente prescindible –el momento en que Michael desata el caos entre los robots de la cadena de embalaje del laboratorio, un momento teóricamente cómico que más bien tiene poca gracia…–, Proyecto Brainstorm es un film harto interesante y la mejor película tras las cámaras de Trumbull, quien por desgracia jamás volvió a repetir en funciones de realizador. De entrada, llama la atención su experimentación con los formatos de pantalla, patente todavía hoy si se tiene la ocasión de ver el film en formato doméstico: las escenas, digamos, cotidianas, están rodadas en formato cuadrado, mientras que las escenas que expresan los puntos de vista subjetivos filmados con las supuestas cámaras experimentales creadas por los personajes de los científicos están tomadas en formato panorámico y con un ligero efecto de ojo de pez. Ello, además de tener una funcionalidad narrativa y expresiva (diferenciar los puntos de vista), da pie a un soterrado discurso sobre la naturaleza del cine: lo que los científicos protagonistas de Proyecto Brainstorm han conseguido no es sino algo ya apuntado por Aldous Huxley en su novela «Un mundo feliz»: que el cine del futuro se convertirá en una experiencia total y absoluta para todos los sentidos humanos, algo que la actual tecnología con realidad virtual ya no está tan lejos de conseguir. No por casualidad, las escenas panorámicas aéreas o las rodadas en la montaña rusa evocan, indirectamente, Esto es Cinerama (VV.AA., 1952), el célebre documental de presentación del mencionado formato gigante de pantalla. Un momento muy ilustrativo de ese discurso es la curiosa escena en la que Hal Abramson (Joe Dorsey) está a punto de morir… al haber visionado sin cesar durante toda una noche la grabación repetida de un orgasmo. La secuencia más brillante es, sin duda alguna, la ya mencionada en la que Lillian sufre un ataque cardíaco y, antes de morir, pone a grabar sus pensamientos y sensaciones; dejando aparte el admirable speech interpretativo de Louise Fletcher, la secuencia apunta algo, asimismo, muy sugerente: la posibilidad de grabar la vida después de la muerte, lo cual da pie a una secuencia final que, cómo no viniendo de Trumbull, recuerda el «viaje cósmico» de 2001: Una odisea del espacio. Pero, a pesar de todo ese trasfondo científico/ filosófico/ metafísico (táchese lo que no proceda), en Proyecto Brainstorm no faltan buenos apuntes psicológicos de los personajes: véase la hermosa escena en la que Michael consigue reconciliarse con Karen dándole a visionar una cinta en la que ha grabado para ella los mejores recuerdos de su convivencia.

Dr. Cyclops

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