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DUNKERQUE

La guerra subjetiva

USA, 2017. Director: Christopher Nolan. Con: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Tom Hardy.

Dos soldados aliados (Fionn Whitehead y Aneurin Barnard) que tratan de sobrevivir al avance de los alemanes. Un comandante inglés (Kenneth Branagh), desbordado ante la imposibilidad de evacuar con éxito a 400.000 hombres. Un viejo marinero (Mark Rylance) que lanza su pequeña embarcación al mar con la esperanza de recoger a cuantos soldados pueda, rescatando por el camino a uno muy aterrorizado (Cillian Murphy). Un piloto de combate (Tom Hardy) que trata de alcanzar la costa francesa antes de que se le acabe el combustible. Todas estas acciones y personajes desarrollados en montaje paralelo, y los que se van añadiendo a medida que avanza el relato, conforman la entraña dramática de Dunkerque, inesperada y brillantísima incursión de Christopher Nolan en un género, el bélico, que parece dominar con la misma aparente naturalidad y envidiable maestría con la que ha manejado el thriller (Memento, Insomnio), el fantástico (El truco final (El prestigio)), el cine de superhéroes (la Trilogía del Caballero Oscuro) o la ciencia ficción (Origen, Interstellar).

El planteamiento de Dunkerque es interesantísimo. En vez de proponer una reconstrucción cronológica de los hechos históricos que narra –la tristemente célebre evacuación de Dunkerque (26 de mayo-4 de junio de 1940)–, el realizador adopta los puntos de vista de diversos personajes implicados en el drama, para a partir de ellos trazar una extraordinaria visión de conjunto, en la que los apuntes más humanos, las Pequeñas Historias de los héroes anónimos, son más importantes que la Historia con mayúsculas.

Ello va unido a un magistral planteamiento cinematográfico, que prima la subjetividad de los personajes y convierte sus respectivas odiseas en vivencias humanas auténticas, muy físicas, viscerales y, a la postre, emotivas. Hay set pieces de una casi repelente perfección: el tiroteo inicial en el pueblo; el hundimiento del carguero rebosante de heridos y evacuados; los combates aéreos; el naufragio nocturno, una de las secuencias más aterradoras, por angustiosa, del cine de estos últimos años; el poético aterrizaje del piloto en Dunkerque… Hay, también, un juego con la construcción narrativa muy característico del autor de Memento: las acciones en paralelo, y el día y la noche, tampoco siguen un orden cronológico, sino que se desarrollan en función de las necesidades de un relato, en el fondo, muy poco convencional. Todo ello al servicio de una trama donde el horror de la guerra, el miedo a morir tiroteado, desmembrado, ahogado o quemado vivo está siempre en primer término de lo narrado. Una obra maestra.

Tomás Fernández Valentí

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