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BABY DRIVER

Persecuciones, canciones y cinta analógica

Gran Bretaña, 2017. Director: Edgar Wright. Con: Ansel Elgort, Lily James, Kevin Spacey, Jamie Foxx, Jon Hamm.

El protagonista de Baby Driver desciende por vía indirecta de los personajes encarnados por Ryan O’Neal y Ryan Gosling en Driver (Walter Hill, 1978) y Drive (Nicolas Winding Refn, 2012). Indirecta porque pese a ser muy parecido –los tres son expertos conductores que, por motivos diversos, conducen los coches de los atracadores después de desvalijar un banco o una empresa– carece de la tipología melvilliana que ostentaban aquellos.

En el film de Edgar Wright, el joven Baby, recién salido de la edad adolescente, es mucho menos lacónico e imperturbable que los conductores de Hill y Winding Refn, quienes se expresaban a través de sus actos y de sus silencios como el samurai urbano de Jean-Pierre Melville. Y si habla poco, es porque tiene dificultades al oír: un accidente de coche cuando era niño le dañó los tímpanos. Un rasgo por supuesto distinto que a Wright le sirve para lo que se intuye uno de sus motivos principales para hacer Baby Driver: con el fin de eliminar el persistente rumor auditivo que le ha quedado, Baby escucha siempre canciones con auriculares y cintas de casete; solo la música atenúa la molestia y el dolor y, de paso, coloniza la banda sonora del film con un exceso de temas (de lo más variado, entre el AOR y el rock mainstream y la recuperación de rarezas progresivas como el «Hocus Pocus» de los holandeses Focus) que invaden las imágenes hasta doblegarlas.

Por lo demás, esta película de persecuciones en coche, canciones y cinta analógica carece de algunos de los motivos cómicos que hasta la fecha había caracterizado la filmografía de Wright en colaboración con el comediante y guionista Simon Pegg. En este trabajo sin Pegg, el director de Zombies Party se revela menos original e incisivo más allá de alguna escena de persecución automovilística bien filmada. Además, el guión está repleto de alarmantes contradicciones y lagunas. Citemos solo dos.

Una: el ladrón que interpreta Kevin Spacey obliga a Baby a trabajar para él con el fin de saldar una deuda del pasado. El altruismo no es lo suyo. Sin embargo, acaba sacrificándose para que el joven y su amada escapen. ¿Por qué? ¿A qué se debe ese cambio digno de un drama criminal adolescente y romántico? ¿Sacrificio cuando no hay atisbo de empatía, escrúpulos o respeto hacia los demás en el personaje de Spacey? El propio actor se siente tan despistado con este giro que la secuencia en la que se produce es la peor de su registro.

Dos: el personaje de Jon Hamm, uno de los atracadores que habitualmente contrata Spacey para sus robos, es por el contrario de los pocos que deja entrever una cierta comprensión. Pero, en otro giro a trompicones, acaba convirtiéndose en una suerte de psycho killer que se enfrenta a Baby de manera obsesiva y nunca termina de morir. Wright ha tenido momentos infinitamente mejores (aunque el gag en plena preparación de un atraco con el pequeño sobrino de Spacey es destacable).

Quim Casas

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