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LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS

¡Ave, César!

Matt Reeves ha vuelto a conseguirlo. Con Monstruoso, superó con creces el planteamiento found footage de El proyecto de la bruja de Blair, logrando el que hasta la fecha sigue siendo el mejor exponente de esa técnica narrativa. Con Déjame entrar, logró salir más que airoso ante la dificilísima papeleta de repetir la obra maestra homónima de Tomas Alfredson. Y con El amanecer del planeta de los simios, alcanzó cimas tan excelsas o incluso mejores que las coronadas por Rupert Wyatt en su no menos magnífica El origen del planeta de los simios. Ahora, con La guerra del planeta de los simios, reverdece laureles a todos los niveles. Si, con semejante trayectoria, Reeves sigue sin estar considerado uno de los mejores cineastas norteamericanos de la actualidad, que venga Dios y lo vea. Por más que La guerra del planeta de los simios vuelve a ser una secuela, y por tanto dependiente ni que sea en parte de las películas que la preceden (no ya la de Wyatt o la del propio Reeves, sino los films originales de Franklin J. Schaffner, Ted Post, J. Lee Thompson y un desafortunado Tim Burton), que el resultado sea tan excelente le proporciona, si cabe, más mérito a esta continuación. Dejando aparte unos apuntes destinados a recordarnos su carácter de secuela –cf. los flashbacks en los que reaparece, en las pesadillas de César (Andy Serkis), el vengativo chimpancé Koba (Toby Kebbell), personaje clave en El origen… y El amanecer…–, La guerra… funciona con voz propia.

Más allá de sus guiños a Apocalypse Now –el craneo rasurado y la actitud mesiánica del coronel (Woody Harrelson, tan bien como siempre); el ataque de los helicópteros; una irónica pintada que reza: «Ape-Pocalypse Now» (sic)–, el film hace honor a su melodramática trama proponiendo, por encima de su contexto de ciencia ficción, una película bélica comme il faut. El resultado es tan duro como emocionante, además de visualmente brillantísimo: la captura de movimiento de los intérpretes de los simios (muy superiores a los que encarnan a los seres humanos) transmite una impecable sensación de realista irrealidad. Magníficas escenas de acción se combinan con la cruda descripción de la vida en el campo de concentración para simios donde transcurre el grueso del relato, y que da pie a un profundo discurso sobre la guerra, la venganza, la supervivencia y el perdón que, de no estar protagonizado por simios, sería, ya, un referente del género bélico. Llaman la atención las soterradas referencias a la estética nazi, nada raras en un contexto, el actual, tan propenso al fanatismo. Soberbia.

Tomás Fernández Valentí

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