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Black Mirror: Temp. 4

Nuestro reflejo deformado

Aunque a su paso por Channel 4, Charlie Brooker producía «Black Mirror» a un ritmo de tres episodios por temporada, con su llegada a Netflix se ha multiplicado la apuesta: después de una tercera tanda de seis capítulos, nos llegan otros tantos (dos de los cuales vuelven a ser largometrajes) con directores como John Hillcoat, David Slade o Jodie Foster detrás.


La propia productora de Black Mirror, Annabel Jones, le reconocía a «The Independent» que eran «una serie fracasada en Channel 4… Bueno, no fracasada, pero desde luego no nos querían», de ahí que el éxito y la resonancia que han logrado alcanzar a su llegada a Netflix «no deja de sorprenderme». Sobre todo porque asegura que, para Charlie Brooker y ella misma, «seguimos siendo una serie pequeña, que hacemos en los Twickenham Studios [situados en el suroeste de Londres], que no son muy grandes ni demasiado cinematográficos… Pero creo que eso es lo que nos ha llevado al éxito, si puede calificarse como tal. El hecho de mantenernos así de pequeños y de íntimos».



Precisamente, según Jones, lo que hace que la serie funcione mejor es que, aunque Brooker sea un gran amante del género, en cambio ella no es «una gran amante de la ciencia ficción: no he leído ni he visto demasiado, así que, en mi caso, las historias tienen que ganarme a nivel emocional. No pueden basarse solamente en un concepto o se convierte en algo lejano y extraño: un ejercicio intelectual en lugar de un compromiso emocional». A ese respecto, el creador de Black Mirror le acotaba a «Deadline» que, de hecho, cuando se plantea posibles argumentos, intenta «no pensar en lo oportunos que resultan. Pienso más bien en conceptos tipo “¿Qué pasaría si…?”, y al hacerlo, hay temas que claramente están influidos por lo que está ocurriendo en el mundo en ese momento». Y es que asegura que el problema es que «las cosas se mueven tan rápido que ¿quién puede predecir dónde estaremos en seis meses? Yo no quiero, por si acabo haciendo algo que acaba totalmente pasado de fecha. Es probable que en la nueva temporada haya sido más conceptual, en parte porque tengo la sensación de que el mundo se ha hecho mucho más impredecible ».

¿Realmente es la cuarta temporada de Black Mirror más conceptual, menos pendiente de lo contemporáneo? Repasémosla capítulo a capítulo.

CAPÍTULO 1: «COCODRILO»

Una exitosa arquitecta (Andrea Riseborough) se reencuentra, muchos años después, con un antiguo novio (Andrew Gower) en una habitación de hotel. Ambos se enfrentan por un hecho traumático de su pasado compartido, y la tensión desemboca en un inesperado acto de violencia. La superviviente, decidida a mantener su estatus social, pondrá todo su empeño en borrar cualquier huella de lo ocurrido, pese a que, de forma paralela –y yendo detrás de un caso mucho más banal–, una joven investigadora de seguros (Kiran Sonia Sawar) se irá aproximando a ella con una máquina que permite registrar los recuerdos en bruto de la gente que se conecta a la misma…

El MacGuffin tecnológico de la historia –esa especie de receptor de memorias diseñado de forma absolutamente low tech, lo que lo hace mucho más verosímil– lo es, en este caso, más que nunca, ya que Brooker ha concebido «Cocodrilo » como un thriller hitchcockiano que, a la manera de Brian de Palma, engarza guiños a La ventana indiscreta, Psicosis o incluso Frenesí para describir el nacimiento (casi) inesperado de una asesina en serie. La frialdad con la que John Hillcoat rueda la inevitabilidad de los acontecimientos –apoyándose en las localizaciones en Islandia, que dotan a la historia de una atmósfera especial– hace todavía más terrible esa descripción de la banalidad del Mal, y de sus consecuencias, entre ellas la progresiva desintegración de la moralidad (y el equilibrio psicológico) de su protagonista.

CAPÍTULO 2: «ARKANGEL»

Asustada después de que su hija Sara (Aniya Hodge de niña, Sarah Abott y Sophie Linton en etapas posteriores, y Brenna Harding de adulta) se pierda en el parque, una madre (Rosemarie DeWitt) con un instinto de protección muy fuerte decide implantarle un sofisticado sistema de seguimiento experimental llamado Arkangel. El mismo no solamente le permite tenerla localizada en todo momento, sino también captar las imágenes que reciben sus ojos, e incluso manipular lo que ve si le parece conflictivo… Unas posibilidades que, casi sin darse cuenta, y con la mejor de las intenciones, le llevarán a ejercer un control mucho más intenso de lo recomendable sobre la vida de su hija.

Seguramente este sea el episodio más de tesis de toda la temporada, para bien y para mal. Como explica la propia Jones, la intención es reflexionar sobre «cómo ser una madre responsable en un mundo en el que puedes ser todopoderoso y omnipresente », y de qué manera «puedes asegurarte de que le das independencia a tus hijos si tienes todo el control». Lo cierto es que a Brooker le puede el afán moralista –y un posicionamiento sobre el tema de «los padres helicóptero », debo decirlo, más bien altivo–, lo que provoca que la historia no vaya más allá de ese tono cotidiano, a ras de suelo, que logra imprimirle Jodie Foster pese a ese punto de partida tan de ciencia ficción.




CAPÍTULO 3: «HANG THE DJ»

Dos jóvenes (Georgina Campbell y Joe Cole) son emparejados por una avanzadísima aplicación para lograr citas que ajusta sus resultados en función de las relaciones que va generando para sus usuarios, y a las que asigna por anticipado una duración. Sin embargo, y a pesar de que conectan desde el primer instante, la app solamente les deja pasar unas horas juntos… Eso sí, lo suficientemente especiales como para que, pese a atravesar un montón de noviazgos y de aventuras esporádicos, sigan sintiendo algo especial el uno por el otro, por más que la tecnología que les unió parezca dispuesta a mantenerles, a su pesar, separados.

Hasta «San Junipero», las historias de amor de Black Mirror siempre se habían caracterizado por su tono deprimente, nihilista. El éxito del episodio protagonizado por Mackenzie Davis y Gugu Mbatha-Raw parece haber impulsado a Brooker a construir esta simpática comedia romántica, cuyas «observaciones y escenas», indica la productora, resultan «pertinentes para describir el ambiente actual de las citas», sobre todo porque incluye «un montón de momentos cómicos». Realmente, la ya mencionada app funciona como una especie de coro griego que va puntuando –en forma de realidad aumentada, y con resultados narrativos de notable interés– las derivas de la relación de sus protagonistas, en una especie de Cuatro bodas y un funeral futurista que se sostiene muy especialmente en las interpretaciones de Campbell y Cole.



CAPÍTULO 4: «USS CALLISTER»

Una joven programadora (Cristin Milioti) se incorpora a una próspera empresa tecnológica, Callister Inc., cuyo principal activo es un videojuego virtual, Infinity, concebido por el apocado director tecnológico de la compañía, Robert Daly (Jesse Plemons), que vive sometido a su socio James Walton (Jimmi Simpson). Lo que nadie sabe es que, en su casa, Robert tiene una versión modificada del programa para reproducirse a sí mismo dentro de su serie preferida, Space Fleet… Pero también para poder introducir en él perfectas réplicas digitales de todos aquellos que considera que le han tratado mal, y a los que trata como un auténtico tirano.

Realmente, y aunque inicialmente se nos haya vendido a través del homenaje a la serie clásica de Star Trek que supone el mod de Infinity que usa el personaje de Plemons, lo interesante de «USS Callister» es que, a grandes rasgos, una adaptación (ultra)tecnológica y nerd del episodio «Es una buena vida» de La dimensión desconocida –es decir, el que adaptara Joe Dante dentro de En los límites de la realidad–. La hora y media de metraje quizás resulta excesiva para la historia que Brooker ha desarrollado mano a mano con William Bridges, sobre todo porque, una vez se agota el jugueteo con los puntos de vista que caracteriza a los primeros compases de la historia –y al que los actores, sobre todo Plemons y Milioti, dotan de notable verosimilitud––, esta empieza a caer en una cierta repetición que se habría eludido de haber ido más al grano.




CAPÍTULO 5: «CABEZA DE METAL»

En una Escocia post-apocalíptica, una mujer (Maxine Peake) acompañada de dos hombres (Jake Davies y Clint Dyer) llegan a un almacén en busca de una caja marcada con un número de serie. Sin embargo, cuando están a punto de recuperarla, activan sin querer a un robot mecánico con intenciones homicidas e innumerables recursos, que empieza a perseguirlos de forma implacable. Cuando se acabe quedando sola, la mujer tendrá que confiar en su ingenio y su instinto para eludir el acoso de la bestia mecánica, que, a diferencia de ella, no necesita descansar ni recuperarse de sus heridas…

El hecho de que David Slade haya rodado «Cabeza de metal» en blanco y negro no solo le da una textura y una atmósfera muy particular a la historia, sino que también enfatiza la principal referencia a partir de la cual Brooker ha construido el capítulo, y que es básicamente el episodio «Los invasores» de la serie La dimensión desconocida –si bien, en cuanto el comportamiento del perro robot, y la forma fría e incansable con la que persigue a la protagonista, es difícil no pensar en los antagonistas de la serie Terminator–. Lo interesante, en todo caso, es hasta qué punto Slade y Brooker han elaborado un survival puro y duro que, dejando a un lado el carácter hipertecnológico del enemigo a batir, no deja de ser un enfrentamiento de voluntades en plena naturaleza… Y al que, además, no le sobra ni un gramo de grasa: no en vano, es el episodio más corto de la temporada.



CAPÍTULO 6: «BLACK MUSEUM»

Mientras carga la batería solar de su coche junto a una vieja gasolinera, una joven (Letitia Wright) decide hacer tiempo visitando el Museo Negro de Rolo Haynes (Douglas Hodge), que le cuenta tres historias de crímenes tecnológicos: en la primera –adaptación, por cierto, de un relato no publicado del mago Penn Jillette–, un prestigioso doctor, Dawson (Daniel Lapaine), decide recibir un implante que le permitirá sentir lo mismo que sus pacientes; en la segunda, la conciencia de una mujer en coma, Carrie (Alexandra Roach), es copiada al cerebro de su marido, Jack (Aldis Hodge), para que pueda tener una segunda oportunidad; y en la tercera, un condenado a muerte, Clayton (Babs Olusanmokun), recibe la oferta de ser clonado digitalmente para ayudar a su familia a llevar mejor su pérdida.

Aunque Brooker ya había escrito antes un episodio de Black Mirror estructurado en forma de película de episodios, el especial «Blanca Navidad», aquí se ha inspirado más que nunca en los portmanteau films que hicieron a Amicus Productions en los años 60 y 70. De ahí la ambientación en un museo decrépito y abandonado, a lo El jardín de las torturas –un local repleto, por cierto, de simpáticos guiños al resto de capítulos de la temporada–, pero también el papel de narrador socarrón de Haynes que, como en los guiones de Robert Bloch para Amicus, acaba (más) implicado en una de las historias y teniendo un final… inesperado.



Tonio L. Alarcón

GB-USA, 2011-. T.O.: «Black Mirror». Creador: Charlie Brooker. Intérpretes: Andrea Riseborough, Rosemarie DeWitt, Georgina Campbell, Joe Cole, Jesse Plemons, Cristin Miliotti, Maxine Peake, Douglas Hodge, Letitia Wright.

En resumidas cuentas

LO MEJOR: La brillantez de las ideas. Las reflexiones de fondo.

LO PEOR: La tendencia a la moralina de Brooker.

La secuencia: El ataque al corazón del abuelo de Sara, pixelado por el filtro del Arkangel.

El momento: El perro robot, reventándole (literalmente) la cabeza a uno de los hombres a los que perseguía.

La imagen: Clayton, sentado en su celda digital, mirando al infinito.

El guiño: En la segunda historia de «Black Museum», Jack está leyendo una adaptación al cómic de «15 millones de méritos», el segundo episodio de la primera temporada de Black Mirror.

¿Por qué…: Brooker escribe cada vez más capítulos con duración de largometraje, si funcionan mejor con menor duración?

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