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Thelma

De profundis

Joachim Trier retorna a Noruega, tras su paso efímero por Estados Unidos, con un drama sobrenatural que subraya el marcado existencialismo de su filmografía. «Thelma», su nueva colaboración con Eskil Vogt, es un cuento gótico sobre la represión emocional que exhibe la pericia técnica del cineasta de Oslo y nos descubre a todo un talento: la joven Eili Harboe. En su voz y su mirada se encuentra el alma de un film sorprendente.


En la tercera escena de la ópera prima de Joachim Trier, la sensacional Reprise (2006), los dos protagonistas del film, los aspirantes a escritores Erik y Phillip, al ver cómo avanza el desfile que celebra el día de la independencia noruega, se miran el uno al otro y se comentan, jocosos: «debemos abandonar este país como sea». Una sentencia que, con el caminar del metraje, incluso de la propia filmografía del realizador oslense, se erige en sentimiento; quizás no como un anhelo desde el punto de vista físico, más bien desde el ideológico, como si esas fronteras fueran los muros que encarcelan el pensamiento y los coterráneos sus eternos compañeros de celda. El cine de Trier se suscribe a la corriente actual de la ficción nórdica, que ha hallado en Islandia a un inesperado estandarte, cuestionando la calidad de vida de una sociedad que no sabe cómo gestionar, precisamente, la convivencia. Cualquier explicación antropológica sobre el carácter escandinavo antepone el espíritu de supervivencia por cuestiones ambientales a la dimensión relacional. Y he ahí donde las doctrinas inculcadas y las creencias adheridas a estas son las que moldean al individuo. La segunda película del director, Oslo, 31 de agosto (2011), una elegía existencial sobre la huida, una huida por la puerta de atrás que declara el paso por este mundo como un viaje nulo, rotura su mensaje desde la mentada incomprensión de un hombre que no ha encontrado significado alguno a eso que llaman Vida. Sendos largometrajes son una patada al estado de bienestar que se prodiga desde la península escandinava, una patada también a Volvo, a los sofás Soderhämn, a las baladas de Per Gëssle y a ese modus laborandi conciliador y modélico. Una crítica pausada con el desembarco de Trier en Estados Unidos para afrontar el proyecto que le llevaría a la élite artística: el Festival de Cannes. El amor es más fuerte que las bombas (2015) mantenía el mismo tono que sus anteriores trabajos, pero expiraba cierta sensación de incomodidad. Negociar con productores foráneos debe ser igual de duro que el invierno noruego, pensaría. Y así, de este modo, y en un nuevo impasse en su carrera, Trier vuelve a su país de crianza, pero cambiando de tercio con Thelma, un drama fantástico con el que se adentra en los terrenos del thriller, emulando a Brian de Palma sin perder ni un ápice de su personalidad.


Thelma (Eili Harboe), una joven estudiante que descubre que tiene asombrosos poderes telequinéticos.


Aun así, a Michael Douglas –sí, ese Michael Douglas, el que zascandileaba con los calzoncillos a medio bajar en Instinto básico– parece que le llamó la atención que el original profundizara en que «todos nosotros, en algún punto de nuestras vidas, hemos hecho algo de lo que estamos avergonzados o de lo que nos arrepentimos». Tanto él como el productor Laurence Mark vieron potencial a rebootear la premisa, sobre todo porque les permitía profundizar en algo que a los que ya pasamos de la cuarentena nos pasa de vez en cuando por la cabeza –y no, no me refiero a esos sueños cutres de comprarse un Porsche o echar una canita al aire–: que «a todos nos gustaría saber lo que ocurre cuando morimos, pero es mejor no saber determinadas cosas».

Justamente, el espíritu de la Carrie (1976) del maestro de Nueva Jersey pulula durante varios segmentos de la narrativa de la cuarta obra de Trier. Ante todo, al inicio, con una apertura donde la excelente composición musical de Ola Fløttum y la dirección de fotografía de Jakob Ihle gobiernan el momento, en lo que será el anuncio del tipo de propuesta que presenciaremos: un juego que alineará nuestros sentidos. «Al crecer viendo películas, siempre había algo que podía expresar a través de imágenes mentales. Yo crecí viendo mucho a Antonioni y Bergman, pero también a Brian de Palma. Asimismo, siempre me gustaron las implicaciones existenciales de “La zona muerta” de Cronenberg, que considero que es más un cuento en el que se puede mostrar algo muy reconocible, a pesar de desarrollarse en un contexto sobrenatural», confirma Trier en una entrevista. La Thelma del título es una joven inadaptada que escapa del yugo de una familia ultraconservadora con el cambio del instituto a la universidad. Su traslado a Oslo, y la posterior relación con una compañera, despertarán una serie de sensaciones que parecían haber muerto en la niñez y que son la antesala de poderes telequinéticos ingobernables de forma consciente. De las múltiples lecturas que pueden derivar de Thelma, la más interesante y enigmática nos traslada al mundo de la brujería y la hechicería: «Tuve esta idea de una especie de historia de brujas que se desarrolla en Oslo. Pasé por una etapa en la que veía mucho giallo. Recuerdo volver a ver “La escalera de Jacob”, de Adrian Lyne; recuerdo ver “El ansia”, de Tony Scott, como algo simplemente visual. Recuerdo que Eskil (su guionista) y yo mantuvimos una conversación sobre cómo estos tipos de película se aproximan a algo muy humano que da vueltas a la mortalidad». Sin anticipar acción relevante del argumento, la escena en concreto que subraya esa posibilidad es la búsqueda de Thelma sobre el porqué de sus convulsiones. Una investigación que da con el concepto de «epilepsia psicogénica» y los orígenes de esta: la Edad Media, con las primeras quemas de brujas por parte de la Santa Inquisición.



El deseo que siente hacia su compañera de estudios Anja (Kaya Wilkins) sumirá a Thelma en una orgía de telequinesis desenfrenada y alucinaciones sin control.


UN MONSTRUO EN MI INTERIOR

A colación de esta visión, si indagamos en la intrahistoria de esos relatos de brujería que han conformado el fabulario para centenares de generaciones, algunos parten de una mujer que rompe con las cuerdas del heteropatriarcado e intenta derribar la normativa –en este caso la Fe– imperante. Una mujer reprimida, por tanto, que toma las riendas de su destino. Y es, exactamente, la represión el leitmotiv de Thelma: «Soy un gran admirador de la forma en que Hitchcock utiliza un dilema psicológico como punto de partida. El trauma infantil de Marnie, la ansiedad y la culpa en “Vertigo”; él aborda estos temas de una manera lúdica en la que yo me he inspirado. En esta ocasión, se trata de la ansiedad del cuerpo. Una joven padece convulsiones inexplicables, y los médicos y la ciencia no encuentran un motivo claro». Una ambigüedad que marcará la narración del film de Trier, y que nos guiará a una inminente catarsis que tiene al agua como sanadora. Si al comienzo de Oslo, 31 de agosto el protagonista intenta sin éxito matar su depresión, piedra mediante, en el fondo de un río, Thelma –interpretada por una brillante Eili Harboe– encontrará su identidad en la misma cárcel en la que creció, y con ella el control de sí misma, de sus actos. Una preciosa metáfora sobre el camino de la adolescencia a la adultez que ratifica a Joachim Trier como una de las grandes noticias del cada vez más devaluado cine de autor europeo contemporáneo. Thelma es todo un prodigio narrativo y sensitivo que demuestra que a este joven director no hay nada que se le resista.

Emilio M. Luna


En resumidas cuentas

LO MEJOR: La dirección de Joachim Trier y la interpretación de Eili Harboe.

LO PEOR: La hipertrofia semántica.

La secuencia: La apertura, en un lago helado.

El momento: La primera vez de Thelma siendo una niña.

La imagen: La mirada final de la protagonista.

La frase: «Thelma, ¿dónde está ella?» (Trond).

El rodaje: Oslo (Noruega).

Las cifras: Su coste está presupuestado en 4.862.000 euros.

¿Por qué…: aún no ha dado el guionista Eskil Vogt el salto al otro lado del Atlántico?


ESTRENO: 20 DE ENERO


Noruega-Francia-Dinamarca-Suecia. T.O.: «Thelma». Director: Joachim Trier. Productores: Thomas Robsahm, Sigve Endrensen, Eskil Vogt, Joachim Trier. Producción: Motlys, Eurimages, Film I Väst, Le Pacte, Nordic Film och TV Fund, Norwegian Film Institute y Snowglobe Films. Guión: Eskil Vogt y Joachim Trier. Fotografía: Jakob Ihle. Música: Ola Fløttum. Montaje: Olivier Bugge Coutté. Intérpretes: Eili Harboe (Thelma), Kaya Wilkins (Anja), Henrik Rafaelsen (Trond), Ellen Dorrit Petersen (Unni), Grete Eltervåg (Thelma a los 6 años), Marte Magnusdotter Solem (neurólogo).  


EL DIRECTOR Joachim Trier

Nacido en Copenhague (Dinamarca) en 1974 pero criado en Noruega. Trier descubriría las posibilidades del universo audiovisual siendo muy joven, ya que grababa sus prácticas de skate. Una pasión que le hizo abandonar la universidad y matricularse en la National Film & Television School británica. Sus primeros trabajos fueron cortometrajes: Pietà (2000), Still (2001) y Procter (2002). En 2006 llegaría su primer largometraje, Reprise, con el que ganó el Globo de Cristal a la mejor dirección en el Festival de Karlovy Vary. Sus siguientes trabajos fueron Oslo, 31 de agosto (2011) y El amor es más fuerte que las bombas (2015).

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