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El retorno del rey

Pues es oficial, Disney ha adquirido Fox… El jueves 14 de diciembre pasará a los libros de historia como el día que el Hollywood tal y como lo conocíamos desapareció para siempre. Puede sonar a exageración pero la historia del medio en Estados Unidos siempre ha estado ligada a los grandes estudios y con esta operación se liquida a uno de los que más historia tiene detrás. Si hace tres décadas, cuando Disney languidecía como imperio, alguien nos dice que iba a tener la capacidad para comprar el estudio detrás de éxitos como Depredador o Jungla de cristal, nos hubiésemos reído, y la realidad es que hoy por hoy esas películas pasan a ser activos de la compañía de Mickey Mouse y Bob Iger… Sobre el que también se acabarán escribiendo libros de historia, tiempo al tiempo.


Arriba: Bob Iger, presidente de The Walt Disney Company, que asegura que «Deadpool 2» (abajo) no está en peligro.


El acuerdo, valorado en 66.000 millones de dólares –hay días donde no me pagan eso por mi incalculable labor en «Imágenes de Actualidad»–, creará un nuevo imperio del entretenimiento cuyas garras y confines aún no hemos sido capaces de descifrar. La compra incluye los estudios cinematográficos Fox, por supuesto toda su biblioteca y catálogo de películas así como sus licencias cinematográficas, los estudios de televisión FOX, National Geographic TV, diversas cadenas de televisión deportivas a nivel local y un 40 por ciento de las acciones de la cadena de televisión Sky. En declaraciones al programa de ABC Good Morning America –todo queda en casa, ABC pertenece a Disney–, Iger valoró el acuerdo como «muy satisfactorio, aportará al estudio más peso específico a nivel internacional y nos permitirá utilizar tecnología puntera para desarrollarnos cuando todos sabemos lo importante que es eso en el presente y futuro». Más allá de estas palabras que hacen sonar a Disney como un virus al más puro estilo Skynet, el CEO de la compañía, que por cierto también ha visto cómo renovaba su contrato hasta 2021, deja claro hacia dónde quiere que vaya su compañía a medio y largo plazo… Plataforma de contenidos online. Es decir, como comentamos en el mes pasado, Iger pretende lanzar una plataforma que rivalice directamente con Netflix y para eso necesitaba contenido y licencias y está claro que la adquisición de Fox le va a dar ambas de un solo golpe.

¿Qué es lo que ocurrirá ahora? En realidad nadie lo sabe a ciencia cierta. Que no os confundan analistas y opiniones varias, actualmente todo es una nebulosa de incertidumbre. De hecho, la compra todavía ha de pasar por el visto bueno del congreso de los Estados Unidos –no creo que haya ningún problema teniendo en cuenta el poder que atesora Disney… y menos aún pilotando Donald Trump– y aún así la compra no será efectiva hasta dentro de 12-18 meses, por lo que nadie debe temer por las producciones más inminentes del estudio. No, nadie va a tocar Deadpool 2, ni le quitará las palabrotas si eso es todo lo que os preocupa. El futuro más a medio plazo es lo que debería hacer temer a todo espectador con dos dedos de frente.

La política de Bob Iger en los últimos años ha llevado a Disney a posicionarse como un estudio únicamente dedicado a la producción de blockbusters y películas de presupuesto mastodóntico. Marvel, Pixar, Star Wars, sus live action… Películas caras y destinadas a barrer en taquilla. Una política bastante alejada del habitual tacañismo de Fox, un estudio al que siempre se le ha achacado históricamente su negativa a la hora de soltar el dinero para sus producciones y directores… Salvo que fueses Bryan Singer, pero eso ya, afortunadamente, es harina de otro costal. A veces esa falta de presupuesto ha significado una mayor libertad y carta blanca para los realizadores como los ejemplos de dos de los grandes últimos éxitos del estudio como Logan o Deadpool. Especialmente desde que se fue Tom Rothman de la dirección del estudio, la compañía había mantenido una posición afable para los realizadores y muchos ellos habían virado precisamente hacia Fox para posicionar sus proyectos. Disney no es precisamente el estudio donde más se premie la libertad creativa de los realizadores y eso de nuevo puede ocasionar un problema.



Pese a que Bob Iger se ha encargado rápidamente de calmar las aguas, la mayor preocupación pasa por el sello de cine minoritario de Fox, Fox Searchlight. Desde hace años, es la firma de la compañía para el cine más arriesgado –tampoco nos pasemos, era la Fox presidida por Rupert Murdoch al fin y al cabo– que proporcionaba títulos de prestigio y calidad para el estudio. Era una de las pocas productoras/distribuidoras que se dedicaba especialmente al cine independiente después de que casi todos los grandes estudios decidiesen cerrar sus sellos dedicados a la producción y adquisición de títulos de este calibre. Existe un riesgo notorio sobre si bajo el mandato Disney se podrían producir dos títulos como La forma del agua y Tres anuncios en las afueras, películas que a todas luces serán candidatas a Mejor Largometraje en la próxima ceremonia de los Oscar. Disney no está en el negocio para ganar premios, ni por el prestigio ni por ganar estatuillas, está en esto para ganar dinero, y mucho me temo que pese a las palabras tranquilizadoras de Iger, este tipo de producciones acabarán por desaparecer del estudio y es probable que acabasen siendo traspasadas a la nueva plataforma de contenidos que planea la compañía, con lo que habría un notable riesgo de fuga de talentos. Seamos sinceros, por mucho dinero que tenga Netflix sigue sin ser lo mismo estrenar en cines que estrenar bajo los designios de su plataforma, y no veo a cineastas como Guillermo del Toro o Martin McDonagh plegándose a las condiciones de Disney para estrenar online únicamente sus películas. Pero eso es harina de otro costal que desarrollaremos en siguientes capítulos de este culebrón.

Ramón Cudeiro

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