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La alegría de la fiesta

El que fuera el rey de las comedias románticas durante algo más de una década, Hugh Grant –os recuerdo que hay quien le comparaba con Cary Grant… permitidme que me carcajee–, parece ser que se caracteriza por irritar a todas sus partenaires femeninas más que unos leggins de esparto. En numerosas entrevistas, el británico ha hablado de forma jocosa de sus compañeras de reparto, alternando las alabanzas con alguna de otra pulla dolorosa que suena más a ego herido –de Emma Thompson ha llegado a decir que «está como unas castañuelas», y de Renée Zellweger, que está «lejos de la cordura»– que a bromas cómplices.

Unas malas relaciones que no parten ni de su afición a la prostitución callejera ni a su tendencia a tener hijos inesperados de relaciones esporádicas, sino de que, literalmente, cuando las cámaras no están en funcionamiento –y no tiene que vender esa imagen de británico encantador que Mike Newell y Richard Curtis le crearon en Cuatro bodas y un funeral– es un rancio y un insoportable. Según Drew Barrymore, que coincidió con él en ese pedazo de truño que es Tú la letra, yo la música –en la que lo único reivindicable es el videoclip inicial y el descubrimiento de una jovencísima Haley Bennett–, «es un absoluto cínico, torturado y oscuro. Si te acercabas a su tráiler, te lo encontrabas sentado en el sofá, comiendo ensalada solo, un inglés enfadado».



Pero no solamente tenía hartas a sus compañeras femeninas, sino que, según explicó en una entrevista reciente, cuando coincidieron en el rodaje de Restauración, de Michael Hoffman, también probó los límites de la paciencia de un Robert Downey Jr., en aquella época, mucho más, ejem, estimulado que a día de hoy… Quizás, precisamente, porque ahora se pone a tono con sustancias menos sospechosas, la estrella hollywoodiense le ofreció a Grant, vía Twitter, enterrar el hacha de guerra –no, no en el centro de su frente, como algunas de sus exparejas– e intentar transformar ese odio inicial en amistad. Para lo que, teniendo en cuenta lo insípido y estirado que Grant es al natural, hay tantas probabilidades como para que nuestro bienamado presidente abra su bocaza –o su Twitter– sin que salgan gilipolleces a docenas.

Héctor Adama

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