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El hilo invisible

La musa rebelde

La segunda y, al parecer, última colaboración entre el director Paul Thomas Anderson y el actor Daniel Day-Lewis tras la celebrada «Pozos de ambición» (2007) es un drama de considerable carga psicológica y simbólica. «El hilo invisible» narra la tortuosa relación de un diseñador de moda que ha hecho fortuna en la Londres de 1955, con quien ha decidido sea su nueva pareja y modelo, una humilde camarera a la que da vida Vicky Krieps.


No sería descabellado pensar que el octavo largometraje del cineasta estadounidense Paul Thomas Anderson es una reacción a las taquillas decepcionantes obtenidas por sus films previos, The Master (2012) y Puro vicio (2015), que tampoco funcionaron a nivel de premios. Sobre el papel, El hilo invisible es una apuesta menos alienada que los títulos citados. De ahondar veladamente en los orígenes de la cienciología en The Master, y en el universo del novelista experimental Thomas Pynchon en Puro vicio, pasamos a un drama psicológico y vintage, en el que no cuesta rastrear los ecos de imaginarios forjados por clásicos como George Cukor y Alfred Hitchcock, y cuyo reparto encabeza Daniel Day-Lewis, que ya interpretase el papel principal de la película más celebrada hasta la fecha de Anderson, Pozos de ambición, por la que consiguió el segundo de los tres Oscar que atesora como mejor actor protagonista.



Como ya amagó tras Lincoln (2012), Day- Lewis anunció que dejaba la actuación apenas concluido el rodaje de la película que nos ocupa, lo que ha traído aparejado para muchos cinéfilos un aliciente imprevisto a la hora de verla. Entre las razones aducidas por Day-Lewis para justificar su abandono, figura la de su autoexigencia implacable como actor, similar a la de Anderson como director; uno y otro han elegido siempre cuidadosamente sus proyectos, y se han entregado a ellos con un grado de meticulosidad y obsesión perceptible, para bien y para mal, en los argumentos de sus obras y en sus facetas visuales. En este sentido, El hilo invisible es valiente. Quizá en medida más explícita que en ninguna de las anteriores películas que han realizado juntos o por separado intérprete y realizador, aborda sin paños calientes las innumerables paradojas que encierran la creación, el talante y los propósitos del artista, su vínculo paradójico con la vida que le rodea y a la que supuestamente honra con sus obras

ENTRE TELAS ANDA EL JUEGO

La excusa dramática que Paul Thomas Anderson pone sobre la mesa en El hilo invisible para desarrollar los argumentos provocadores para él y Day-Lewis que le interesan, es fascinante de por sí. El actor presta sus rasgos a Reynolds Woodcock, personaje síntesis de varios modistos pertenecientes a la edad dorada del gremio, la época del desarrollismo económico posterior a la Segunda Guerra Mundial. Reynolds vive y trabaja en un coqueto inmueble londinense, en el que idea prendas femeninas codiciadas por las actrices y las princesas de todo Occidente. Sin embargo, el pequeño mundo literal y metafórico del modisto, en el que todo está controlado y sirve al propósito superior del diseño y la confección, en el que pesan como una losa el recuerdo de su madre fallecida y la presencia severa de su hermana Cyril (Lesley Manville), oprime a nuestro protagonista hasta el punto de incitarle a escapar ocasionalmente. En una de tales fugas conoce a una joven camarera, hija de pescadores, Alma (Vicky Krieps), a la que encandila y convierte, al modo de Pigmalión, en su musa amorosa y profesional. La chica, hechizada, accede en principio a su nueva vida, pero pronto empieza a rebelarse contra el carácter dictatorial y neurótico del modisto y las estrictas reglas vigentes en la casa-taller en que es acogida. ¿Serán capaces Alma y Reynolds de hallar un modo de superar sus diferencias?



La historia planteada permite a Anderson y sus colaboradores ofrecer al espectador un brillante repertorio de tejidos, complementos y vestidos, imaginados por un cómplice habitual de Anderson, Mark Bridges, a partir de diseños de Balenciaga, Dior y Givenchy. También, que compartamos con un grado extremo de autenticidad el día a día de Reynolds, Alma y Cyril en The House of Woodcock, cuyos interiores, reales, corresponden a los de una casa de arquitectura georgiana existente en Londres. Emulando la ficción, allí se alojó y trabajó el equipo técnico durante el rodaje, con efectos problemáticos revelados por Day-Lewis: «No tenía lógica pretender que la casa era nuestro domicilio, y, a la vez, nuestro lugar de trabajo, como les sucede a los personajes, cuando no había espacio para todos. Sufrí un ataque de pánico durante la filmación de una escena, constreñidos como estábamos por cables, técnicos, maquinaria y bultos. Aquello no fue un hogar, sino un nido de termitas». Esta situación de comuna más o menos más o menos bien avenida en una localización, por añadidura, con pocas horas diarias de luz natural y cuyo carácter histórico impedía el empleo de iluminaciones artificiales agresivas, se vio reforzada al tener que ocuparse Paul Thomas Anderson, no solo de la realización del film, también de su fotografía, por haberse comprometido uno de sus colaboradores más fieles, Robert Elswit, con Roman J. Israel, Esq. Anderson aprovechó la ocasión para ensayar aún más que de costumbre durante la preproducción y el propio rodaje con las calidades y posibilidades del celuloide Kodak, en busca de texturas tradicionales, «ajenas a la pulcritud y el atildamiento de series como “The Crown”».

CINE EXTRAORDINARIO, PELÍCULA DISCUTIBLE

Para quien esto escribe, Paul Thomas Anderson no ha vuelto a realizar una obra redonda, inapelable, desde Pozos de ambición, y El hilo invisible tampoco lo es. Alberga escenas de un gran talento compositivo, la banda sonora de Jonny Greenwood le otorga cualidades de ensoñación audiovisual, y, a un nivel puramente ornamental, pocas películas se le podrán comparar esta temporada. Además, ahonda en la dualidad omnipresente en su cine, en el pulso entre la vehemencia de la vida y la pulsión de muerte travestida de impulso creador. Y, en este aspecto, El hilo invisible se atreve a establecer una dialéctica más constructiva que en otros films suyos, una dialéctica que excede con mucho los límites de la ficción para hablar sin ambages del propio autor. Sin embargo, esta llega tarde, embriagado Anderson durante buena parte del metraje con el aparato estético desplegado para nosotros. El desarrollo y la conclusión del conflicto entre Alma y Reynolds, llenos de turbiedad y profundas implicaciones, adquieren un cariz anecdótico, precipitado, comparados a la atención prestada a lo nimio y lo decorativo. Anderson se pone de parte de Reynolds y deja sumida en la penumbra a Alma sin apercibirse de ello, víctima en definitiva como cineasta de un carácter muy parecido al del modisto.

Diego Salgado


En resumidas cuentas

LO MEJOR: A nivel técnico, la película es una fiesta para los ojos.

LO PEOR: La sensación de cierto vacío que acaba por transmitir su esmero formal.

La secuencia: La presentación de la nueva colección de Reynolds en su casa-taller.

El momento: El duelo de poder entre Alma y Cyril cuando Reynolds enferma.

La imagen: Los planos detalle mientras Reynolds toma medidas a Alma.

El diálogo: : «Reynolds ha hecho todos mis sueños realidad, y yo le he dado a cambio lo que más desea: cada parte de mí» (Alma).

El rodaje: Tuvo lugar en solo 68 días en localizaciones inglesas y suizas, con un presupuesto estimado de 35 millones de dólares.

Las cifras: A la hora de escribir estas líneas, la película solo había sido objeto de un estreno restringido en EE.UU., saldado con medio millón de dólares en taquilla.

Internet: http://focusfeatures.com/phantom-thread

¿Por qué…: … no empieza a moderarse un poco la idolatría en torno a Paul Thomas Anderson, para que él mismo se relaje y su cine pueda respirar?


ESTRENO: 2 DE FEBRERO


USA, 2017. T.O.: «Phantom Thread». Director y guión: Paul Thomas Anderson. Productores: Paul Thomas Anderson, Chelsea Barnard, Megan Ellison, Peter Heslop, Jillian Longnecker, Daniel Lupi, JoAnne Sellar, Adam Somner. Producción: Annapurna Pictures, Focus Features, Ghoulardi Film Company, Perfect World Pictures. Música: Jonny Greenwood. Montaje: Dylan Tichenor. Fotografía: Paul Thomas Anderson, Michael Bauman y Colin Anderson. Intérpretes: Daniel Day-Lewis (Reynolds), Vicky Krieps (Alma), Lesley Manville (Cyril), Sue Clark (Biddy), Joan Brown (Nana).


EL DIRECTOR Paul Thomas Anderson

Nacido en Studio City, California, en 1970. Alentado por su padre, Anderson quiso hacer películas desde niño; hoy se le considera uno de los mejores cineastas vivos del mundo. Componen su filmografía previa Sidney (1996), Boogie Nights (1997), Magnolia (1999), Embriagado de amor (2002), Pozos de ambición (2007), The Master (2012) y Puro vicio (2014). Autor, además, de videoclips para Aimee Mann, Fiona Apple, Joanna Newson y Radiohead, en los que experimenta soluciones fotográficas y formales para sus películas.

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