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Jeannette, la infancia de Juana de Arco

Dejemos hablar a la música

Hay cineastas a quienes resulta difícil seguirles el ritmo, y hoy Bruno Dumont es el mejor ejemplo que se me ocurre. «Jeannette, la infancia de Juana de Arco» es una película que no sólo me obliga a regresar a «L’humanité» con nuevos ojos (menos anclados en su fascinante truculencia), sino que también me obliga a replantear mis dudas ante «Twentynine Palms» (que siempre me ha parecido más un «trip» lisérgico que espiritual).


Jeannette, la infancia de Juana de Arco juega en una liga solitaria aunque en su ADN se entrecrucen las obras de Georges Méliès, Carl Theodor Dreyer, Robert Bresson, Victor Fleming, Otto Preminger, Jacques Rivette o Luc Besson. Su voluntad no estriba tanto en reencuadrar a la Doncella de Orleans como en añadir lo que normalmente quedaba fuera de cuadro. «Hasta ahora el cine siempre había mostrado interés hacia el personaje no por sus ideas sino por su destino», dijo Dumont en una entrevista. «A mí me interesaba más todo el conflicto mental y social que la llevó a donde todos conocemos». Quizás por eso su película no se puede considerar parte de la tradición, más bien es una traición que lo que pretende es actualizar al personaje, primero con una banda sonora de heavy metal de IGORR e interpretada por amateurs (en muchos casos incluso ante las cámaras), y ante todo renunciando a fabricar un pasado a través de la forma y hacerlo a través de un texto (cantado en ocasiones), siguiendo a Jean-Marie Straub y Danièlle Huillet de una manera más improvisada que fiel, como si las imágenes estuviesen rapeando y no declamando.


La pequeña Jeannette (Lise Leplat Prudhomme), futura Juana de Arco, canta sus pensamientos ante las diversas apariciones celestiales que se le presentan.


A partir de una obra teatral de Charles Péguy, Dumont mezcla el texto con los conflictos vitales que sufrió su autor, agnóstico durante años y convertido al catolicismo cuando ya entraba en su edad tardía, quizás porque vio en ese credo la única forma de alcanzar un socialismo real, algo que después de él les sucedió a Simone Weil, Georges Bernanos y esos cristiano- pesimistas que durante el periodo de entreguerras procesaron las ideas de Marx y Nietzsche al mismo tiempo: la lucha de clases y la crisis de valores en la sociedad occidental. Dumont equipara la obra poética y dramática de Péguy con la de un rapero actual, a quien él le insufla energía a través de sus actores, restándole importancia a la verosimilitud dramática si a cambio es capaz de proporcionar a sus imágenes una verosimilitud física (algo muy parecido a lo que hace Tom Cruise en casi todas sus películas, y algo que también puede verse con claridad en el cine de superhéroes, donde siempre es más importante cómo se expresan las cosas que las cosas que se expresan).

JUANA AÚN ES JEANNETTE

En 1425 Jeannette (Lise Leplat Prudhomme) es una joven pastorcilla con serios problemas espirituales, que a veces le cuenta a la cámara. «Más de 1.400 años de cristianismo y no hemos conseguido apartarnos del abismo» (la traducción es mía, ojo). Lamenta la pérdida de su madre, su tío escucha a la pequeña y guarda sus palabras en secreto, cuando ella le cuenta sus conflictivos sentimientos. Su amiga Hauviette (Lucile Gauthier) la oye decir que no puede aguantar más los abusos de los ingleses. De alguna manera, vamos a ver la historia de una pequeña que crece lo suficiente para salirse de su tiempo histórico y para llegar hasta nosotros, un poco como le sucedía al personaje principal de Simón del desierto (1965, Luis Buñuel), convirtiendo el pasado en un terreno donde colisiona el presente y donde la soledad y la determinación de la protagonista de esta película alcanza una especie de épica naif que no sé si la hace más verdadera pero sí más emocionante, en su viaje interior hasta convertirse en la heroína a quienes.


Las monjas se desesperan ante las ocurrencias de Jeannette y las que tendrá una ya adulta Juana (Jeanne Voisin).



LA RABIA

A medio camino entre la vanguardia y el clasicismo siempre están los diletantes, a quienes no les importa un traspiés si con él expresan algún tipo de verdad esencial sobre sí mismos o sobre sus incapacidades y talentos. En ese terreno se ha movido siempre Dumont, cuando disolvía a Juliette Binoche entre un grupo de enfermos mentales en la genial Camille Caludel 1915 (2013) o cuando contraponía a actores profesionales con gente que se colocaba por primera vez ante una cámara en La alta sociedad (2016), una película a la que quizás beneficie el paso del tiempo. Ese tipo de cócteles peligrosos, sin embargo, es lo que le ha proporcionado su sello autoral, tosco y refinado al mismo tiempo, parco en palabras pero intenso en sus sugerencias. Dumont odia el convencionalismo del raccord, odia la dialéctica plano/contraplano e incluso la coherencia verbal, porque va en busca de cuanto sacude a un espectador y lo reduce. Por eso su idilio con la crítica no suele ser firme y atraviesa tantos desiertos, al menos fuera de Francia, porque allí «Cahiers du cinéma» nunca ha dejado de valorar sus propuestas, como dejó claro al colocar Jeannette, la infancia de Juana de Arco en el segundo puesto de las mejores películas del año pasado.

La película, que trata sobre las ansiedades que asolan a quienes viven en provincias, lejos de todo y pese a ello en contacto, es una especie de canto a la juventud, a su amorfa manera de entender la política y de reaccionar ante las catástrofes (en este caso la Guerra de los Cien Años, aunque en mi opinión ese apunte histórico sea lo de menos). Si su capacidad de emocionar es indiscutible (salvo a quienes ya tienen trazados sus parámetros cinéfilos y nadie va a bajarles de la burra así los maten), no es menor su espíritu iconoclasta, que pretende no ajustarse a ningún molde concebible, asumiendo los riesgos que conlleva, uno de ellos es atacar al espectador por tantos flancos que se rinda y deje de seguir las letras de las canciones (importantísimas) o el torpe ritmo de los actores al bailar, en un musical sin voluntad de reinventar el género sino de inventarse –con cada plano, con cada secuencia –a través de él, para convertirse en algo parecido a un himno visual, en un mundo donde lo que se produce de forma mayoritaria son meras canciones.

Hilario J. Rodríguez


En resumidas cuentas

LO MEJOR: Un creador a quien respetamos pese a su tensa y variable forma de dotar a sus imágenes de eso que Paul Schrader llamaba «estilo trascendente», nos obliga a replantearnos el camino para alcanzar esa trascendencia…

LO PEOR: El peligro que supone entregar a la música el comando de las imágenes, sin seguir con interés y atención las letras de las canciones.

La frase: «Si al fin pudiésemos ver el amanecer de tu reino», la dice Jeannette.

La secuencia: Cuando al final de la película, y sin un motivo aparente, un personaje se cae del caballo.

La imagen: Después de haber cantado y bailado, Jeannette dirige su mirada a la cámara, exhausta, y podemos oír los latidos de su corazón.

El momento: Cuando la protagonista, en medio de un prado, reconoce que hasta que alguien asesine a la guerra, todos seremos niños jugando en un prado inocentemente.

El rodaje: Como ya se sabe, Jeannette no fue un proyecto cinematográfico sino una película para televisión, que no obstante ha sido concebida en dos versiones para que una pudiese llegar a los cines. Para llevarla a cabo no hicieron ni cinco semanas y los actores –amateur en su mayoría– no ensayaron, en busca de su inocencia radical.

Internet: https://medias.unifrance.org/ medias/51/184/178227/presse/jeannette-lenfance- de-jeanne-d-arc-dossier-depresse- francais.pdf

¿Por qué…: el fracaso posible de un gran creador, como Dumont, siempre es preferible a los triunfos hollywoodienses que siempre repiten la misma canción aunque ahora suene más afinada?


ESTRENO: 16 DE MARZO


Francia, 2017. T.O.: «Jeannette, l’enfance de Jeanne d’Arc». Director: Bruno Dumont. Productor: Rachid Bouchareb, Jean Bréhat y Muriel Merlin. Producción: Taos Films ; Arte France, Le Fresnoy-Studio National des Arts Contemporains y Pictanovo. Guión: Bruno Dumont, a partir de dos obra de Charles Péguy. Fotografía: Guillaume Deffontaines. Montaje: Basile Belkhiri y Bruno Dumont. Música: Igorr. Intérpretes: Aline Charles (Madame Gervaise/Santa Margarita), Jeanne Voisin (Juana adulta), Lise Leplat Prudhomme (Juana niña), Lucile Gauthier (Hauviette a los 8 años), Victoria Lefebvre (Hauviette a los 13 años).


EL DIRECTOR Bruno Dumont

Nació en Bailleul (Francia) en 1958. Su obra se nutre de la pintura, la filosofía y la literatura. La vie de Jesús (1997), la extraordinaria L’humanité (1999) o Flanders (2006) han dejado muy claro que sabe trabajar con actores amateur y sacarles un excelente partido, además de proponer imágenes naturalistas distorsionadas no por la cámara sino por el aspecto imperturbable de sus personajes en situaciones anómalas.

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