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Borg vs. McEnroe

La histórica rivalidad entre Björn Borg y John McEnroe es el eje central de esta película, debut en el largometraje de ficción del documentalista Janus Metz, que ofrece una mirada en profundidad sobre el mundo del tenis.


Cada vez resulta más evidente hasta qué punto las cuestiones extradeportivas condicionan nuestra forma de entender el deporte. La presencia mediática de una nueva generación de deportistas, la fuerte inversión en publicidad y patrocinios o la apertura hacia nuevos mercados de inversión son claves para entender la posición global de un deportista más allá de sus estadísticas personales. No basta con la aclamación en el campo, la cancha o el terreno de juego; es necesario dominar también la pantalla de cualquier dispositivo, creando así un discurso a partir de la imagen propia. Puede que la de Björn Borg y John McEnroe fuese la primera generación de tenistas que vivió ese impacto mediático, allanando el camino para abrir su deporte a toda clase de público.


Björn Borg (Sverrir Gudnason) y John McEnroe (Shia LaBoeuf), dos tenistas que convirtieron una rivalidad deportiva en una auténtica guerra.


En este sentido, Borg vs. McEnroe trasciende los límites del biopic deportivo para acercarse, casi, al territorio del thriller. La rivalidad entre el tenista sueco y el estadounidense funciona, ya desde el mismo comienzo, como la puerta de acceso para colarnos en sus turbulentas vidas interiores. Para su realizador, Janus Metz, se trata de «una historia sobre cuestiones existenciales de profundo calado ». No solo sobre la dificultad de lidiar con el éxito y la autoexigencia, sino también sobre cómo ambos conducen a un bloqueo mental en el que, sobre todo Borg, no hay escapatoria.

El film nos sitúa en una fecha clave: la celebración del torneo de Wimbledon en 1980, que marcaría la consolidación de Borg con el récord de una quinta victoria consecutiva o la irrupción en el mundo del tenis de ese otro jugador, McEnroe, cuyas maneras y hambre deportiva anunciaban la llegada de una nueva época. Alternando mediante flashbacks el clímax de la final entre ambos jugadores, Borg vs. McEnroe se detiene en ese instante de cambio para mostrarnos el tormento interior de sus personajes. En una línea parecida a la de la irregular Rush (Ron Howard, 2013), la acción nos traslada a cada episodio previo a los partidos, de manera que cada uno de los encuentros quede marcado por la enorme presión mental que soportaban los tenistas. Tanto es así que no puede resultar más elocuente ese plano inicial de Borg al borde de la barandilla de su habitación, contemplando el paisaje del mar sin aclararnos del todo si lo que halla en él es una imagen de libertad o el último impulso para saltar. Como señala Metz, «siempre me han resultado atractivas las historias de personajes que se hallan envueltos en una búsqueda emocional, tratando de encontrar un significado más profundo en aquello que hacen». Y la de la rivalidad entre Borg y McEnroe era una de ellas.


El enfrentamiento entre Borg y McEnroe es el eje de un relato de ficción con elementos de documental.



UNA MIRADA DOCUMENTADA AL MUNDO DEL TENIS

Los antecedentes en el terreno del documental de Metz se notan en el tratamiento de la película. Cada partido se alterna con la infancia de sus personajes, mostrándonos las causas y también el rápido camino a la madurez que vivieron. En especial, Borg (encarnado en el film por Sverrir Gudnasson), catapultado siendo apenas un adolescente al equipo de Copa Davis de Suecia, en una maniobra de la federación para ganarse el favor de la sociedad y arañar un poco más de publicidad. Si bien la película de Metz no habla de juguetes rotos, sí resulta significativo el respeto con el que aborda las trayectorias de ambos jugadores sin caer, por ello, en lo que más se recuerda de ambos. La composición de Shia LaBeouf –un buen actor envuelto en demasiados problemas– de John McEnroe no cae en los exabruptos por los que fue conocido el tenista norteamericano, sino que perfila sus inseguridades, su mezcla de ambición y flaquezas que canaliza a través de cada golpe de raqueta.

El contraste entre ambos jugadores, en efecto, resulta una de las bazas que pone en liza la película. Metz aprovecha ese detalle para crear un retrato dual, en paralelo, a medida que las trayectorias personales de ambos tenistas desembocan en la final de Wimbledon. Si bien es Borg quien sostiene el peso del metraje, quien desnuda sus imperfecciones hasta revelarse como un hombre frágil, devastado por un deporte que ha convertido en el eje central de su vida, devorado por unas expectativas cuyo listón ya no puede subir más.



No es muy habitual encontrar un tratamiento cinematográfico en películas deportivas centradas en el mundo del tenis. Sin ir más lejos, la reciente La batalla de los sexos (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2017) dejaba en evidencia la falta de interés de sus artífices en lo puramente deportivo de la historia. En este sentido, Borg vs. McEnroe ofrece una visión de mayor empaque y atractivo sobre el tenis. Metz no escatima el juego de planos, los ralentíes y filtros para inspirar dinamismo y emoción en el encuentro entre sus dos protagonistas. Para, fundamentalmente, volcar en la imagen esa ansiedad con la que ha descrito su trayectoria hacia el éxito deportivo. Dejando que cada golpe, cada saque o resto al borde de la red se viva con una intensidad cinematográfica, en virtud del músculo visual necesario para ilustrar semejante choque de titanes.

Al final, Borg vs. McEnroe es una mirada respetuosa, casi documental, a un deporte y al microcosmos de dos tenistas que hicieron de la búsqueda del éxito una autoexigencia y su razón de ser. La historia de dos enemigos íntimos tratando de encontrar el significado en aquello que hacen.

Óscar Brox


ESTRENO: 11 DE MAYO


Suecia-Dinamarca-Finlandia, 2017. T.O.: «Borg McEnroe». Director: Janus Metz. Productores: Jon Nohrstedt y Fredrik Wikström. Producción: SF Studios Production AB, Danish Film Institute. Guión: Ronnie Sandahl. Fotografía: Niels Thastum. Diseño de producción: Louis Drake, Jindrich Kocí y Milena Koubkova. Música: Vladislav Delay. Montaje: Peter K. Kirkegaard y Per Sandholt. Intérpretes: Sverrir Gudnasson (Björn Borg), Shia LaBeouf (John McEnroe), Stellan Skarsgard (Lennart Bergelin), Tuva Novotny (Mariana Simionescu).


En resumidas cuentas

LO MEJOR: La ambición de la película por resultar una mirada documentada hacia el mundo interior de dos tenistas en un momento de transición para el deporte de raqueta.

LO PEOR: Que se interprete como otro biopic más al uso.

La secuencia: Cada una en la que Borg y su entrenador comprueban la correcta tensión de las cuerdas de sus raquetas antes de disputar un partido.

El momento: El último punto de la final entre Borg y McEnroe.

La imagen: Borg contemplando el horizonte desde la terraza de su habitación de hotel.

El diálogo: «Esto tiene un tremendo potencial publicitario. Si un adolescente de 15 años jugase la copa Davis todo el mundo se haría eco de ello. No importaría si luego perdiese» (presidente de la Federación sueca de tenis).

¿Por qué…: sigue resultando tan difícil trasladar, haciéndolos atractivos, los recursos del cine a un mundo como el del deporte?


EL DIRECTOR Janus Metz

Nacido en Dinamarca en 1974. Tras vincularse inicialmente con el documental de investigación, que le llevó a establecerse temporalmente en Sudáfrica, filmó en 2010 Armadillo, documental sobre la presencia de soldados daneses en la Guerra de Afganistán que le valió un premio en la Semana de la Crítica de Cannes. Ya en Estados Unidos dirigió uno de los episodios de la segunda temporada de True Detective. Borg vs. McEnroe supone su debut en el largometraje de ficción.

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