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Blanco perfecto (Downrange)

En el punto de mira

Seis estudiantes universitarios, un coche averiado en una carretera de montaña y un francotirador inmisericorde son los elementos mínimos con los que cuenta el japonés Ryuhei Kitamura («Azumi», «El vagón de la muerte») para orquestar su tercer largometraje USA, el décimo de su carrera. Un salvaje juego de supervivencia que intenta suplir sus carencias interpretativas y el escaso recorrido de su guión con un estilo depurado y (muy) generosas dosis de hemoglobina.


Es posible que no sea una opinión muy popular entre la cinefilia militante, pero soy de los que piensa que el contexto en el que uno ve un determinado tipo de película resulta clave en la valoración final de esta. En el caso de Blanco perfecto (Downrange), tengo muy claro que mi impresión final hubiera sido tremendamente más negativa habiéndola visto en un pase de prensa a las diez de la mañana o, aún peor, en la soledad de mi pantalla televisiva doméstica, que en las condiciones en las que lo hice: una maratón nocturna del Festival de Sitges acompañado de buenos amigos y con algunas cervezas previas entre pecho y espalda. En esta coyuntura, una salvajada sin pies ni cabeza y apenas guión como la que ha perpetrado, con su habitual pericia hiperviolenta, el japonés Ryuhei Kitamura puede resultar una experiencia divertida e incluso invitar al debate, en tanto no deja de ser un film coherente con respecto al discurso conceptual y fílmico que el realizador nipón ha ido modelando a lo largo de toda su filmografía.


Keren (Stephanie Pearson), Jodi (Kelly Connaire) y Todd (Rod Hernandez), tres de los seis muchachos a merced de la crueldad de un francotirador.


En la presentación del film en el último Festival de Toronto, Kitamura definió Blanco perfecto (Downrange) de una manera muy sencilla y directa: «90 minutos de pura supervivencia. Sé que soy un director conocido por la acción y la sangre pero hemos querido preocuparnos también por los personajes. En realidad, más allá de la violencia, hemos querido preguntar al espectador: “Cuando ocurra lo peor, ¿qué debes hacer?”. Quejarte o entrar en pánico es una opción. La otra es afrontar la situación e intentar sobrevivir como sea. Queremos que la gente se pregunte qué haría en esa situación tan extrema». Ni que decir tiene, por más que el director de Versus se empeñe en lo contrario, que los personajes del film son meros monigotes al servicio de lo que demanda el público: una agónica y cruel carnicería con un puñado de millennials de encefalograma plano. Podemos hablar de superar adversidades o luchar contra el destino, pero al final lo que busca el público en un producto de estas características es ver una cabeza abierta como un melón por una bala de gran calibre. Y Kitamura es un consumado especialista en satisfacer este tipo de demandas.




BLANCO HUMANO

Después del sospechoso pinchazo de una rueda, seis estudiantes universitarios que comparten coche se quedan tirados en la cuneta de una carretera montañosa. Ellos son Todd (Rod Hernández), Jodi (Kelly Connaire), Eric (Anthony Kirlew), Karen (Stephanie Pearson), Jeff (Jason Tobias) y Sara (Alexa Yeames). Pronto se dan cuenta de que están siendo acechados por un francotirador que irá poniendo las cosas cada vez más difíciles…y sangrientas, comenzando un juego de supervivencia con pocas posibilidades de escape.

Blanco Perfecto (Downrange) está escrita por Joey O´Bryan, guionista de producciones Hong Kong como la estupenda Fulltime Killer o la mediocre Motorway, una suerte de exploit asiático de la saga Fast & Furious, al que Kitamura tiene como poco menos que un genio (ya colaboraron juntos en Lupin y el corazón púrpura de Cleopatra, aunque en aquella ocasión O´Bryan no era el guionista principal). Lo cierto es que el guión del film cojea del mismo pie que el de otros thrillers de planteamientos minimalistas similares, como la superior El rey de la montaña –en la que un francotirador acosaba a Leonardo Sbaraglia en plena naturaleza–, Buried o Grand Piano (curiosamente, tres producciones españolas): una vez puestas las cartas sobre la mesa, la película se las ve y se las desea para alcanzar los 90 minutos de metraje, tirando de diálogo inane y situaciones en exceso dilatadas o innecesarias para dar empaque a una idea cuyo recorrido no va más allá del body count y el cuándo y cómo se va a dar la próxima muerte.




Y es ahí donde Kitamura se luce, como no podía ser de otra forma. Apoyado en un excelente trabajo de FX y maquillaje, el realizador nipón orquesta un tenso tour de force basado en una violencia paroxística y cruel (la resolución del enfrentamiento final es un golpe bajo al espectador, aunque a esas alturas del show ya da todo un poco igual), entre el splatter ya practicado anteriormente en algunos de sus films y el torture porn. Curiosamente, y a pesar de esa visceral plasmación de los asesinatos (créanme cuando les digo que, pese a la mediocridad general del film, hay imágenes verdaderamente memorables e impactantes en este sentido) el director de Nadie vive sigue manteniendo ese abstracto discurso sobre lo arcano del mal puro y su condición insoslayable. Si en la muy interesante y lamentablemente ignorada El vagón de la muerte este estaba representado en la implacable figura de un atávico y sobrenatural Vinnie Jones y su martillo, en Blanco perfecto (Downrange) la némesis adquiere las formas paramilitares de un francotirador, finalmente corporeizado en una síntesis entre lo humano y lo monstruoso.

Carlos Morcillo Mira


ESTRENO: 25 DE MAYO


USA, 2017. T.O.: «Downrange». Director: Ryuhei Kitamura. Producción: Genco, Eleven Arts, RIM Entertainment. Productores: Ryuhei Kitamura, Taro Maki, Ko Mori, Matt Taylor. Guión: Joey O´Bryan, Ryuhei Kitamura. Fotografía: Matthias Schubert. Diseño de producción: Douglas Wilmar. Música: Aldo Shllaku. Montaje: Shôhei Kitajima. Intérpretes: Kelly Connaire (Jodi), Stephanie Pearson (Karen), Rod Hernandez (Todd) Anthony Kirlew (Eric), Alexa Jeames (Sara), Jason Tobias (Jeff), Aion Boyd (francotirador).


En resumidas cuentas

LO MEJOR: Kitamura elevando un material limitadísimo a base de pericia técnica e ingentes cantidades de gore.

LO PEOR: La premisa no da para más que una sucesión de muertes salvajes y el reparto y los diálogos son de juzgado de guardia.

La secuencia: El creciente clima de paranoia posterior al pinchazo y previo al asedio del francotirador.

El momento: La inesperada y cruel resolución del enfrentamiento final.

La imagen: El atroz devenir de un tercer vehículo que aparece en escena, familia incluida.

El plano: Uno de los personajes, en llamas.

Las cifras: Ha costado unos 15 millones de dólares.

¿Por qué…: los protagonistas de este tipo de películas siempre son imbéciles?


EL DIRECTOR Ryuhei Kitamura

Nacido en Osaka, Japón, en 1969. Completó sus estudios de cine en la Escuela de Artes visuales de Sydney (Australia) y es famoso por películas como Versus, Alive o Azumi. Su etapa norteamericana comienza en 2008 con El vagón de la muerte y prosigue con Nadie vive, siendo Blanco perfecto (Downrange) su tercera producción USA, Actualmente prepara Nightmare Cinema, film de episodios en el que coincidirá con autores como Mick Garris, Joe Dante o David Slade.

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