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Playground

Tras dos años de retraso, llega a la cartelera española una de las películas que mayor impactó causó en la 64º edición del Festival de San Sebastián. La ópera prima de Bartosz M. Kowalski, basada en hechos reales, es un estudio sobre la violencia en edades tempranas que invalida el germen coyuntural y se centra en aspectos inherentes de la naturaleza humana. El resultado es un poderoso drama devenido cinta de terror no apt0 para corazones (ni retinas) sensibles.


No lo ha tenido fácil la ópera prima del director polaco Bartosz M. Kowalski. Su paso por la sección oficial de la 64ª edición del Festival de San Sebastián, donde sus proyecciones pusieron a prueba las salidas de emergencia de las diferentes salas a cada explosión de violencia descarnada, su trayectoria por diferentes certámenes e, incluso, algún estreno comercial –coterráneo y anglosajón—, le han granjeado la etiqueta de propuesta cruel e inapelable. Lo cierto es que dicha adjetivación no es en absoluto desacertada. Playground podría encuadrarse en el movimiento estrella que presenta el cine de autor en la última década; ese retrato del terror cotidiano que han abanderado directores como Michael Haneke, Yorgos Lanthimos, Ruben Östlund o Philippe Lesage. Una tendencia que, por otra parte, ha tenido y tendrá una influencia mínima en la mirada del público. Su impacto, salvo honradas excepciones, se desvanece tras el engañoso y etéreo cortinaje del circuito de eventos cinematográficos. Como ya hemos mencionado en números anteriores, la holocenosis de los festivales de categoría A promueve y eleva a falsos profetas con la misma facilidad que estos ponen a prueba a los seres de sus universos. Una coyuntura, a su vez, extrapolable a cualquier ámbito artístico de los últimos veinte años. Ese «cine de la crueldad » es tan solo un reflejo de los intereses actuales. Con la democratización de la información, asistimos a un bombardeo constante de sucesos que, más allá del titular, nos ofrece una realidad terrible, que desnuda al ser humano como esa bestia bíblica de la que ha huido durante siglos. A ese devorador de almas de fachada sociable pero instintos primarios latentes, en hibernación hasta que llega el impulso prohibido. Con él, nace ese oscuro pasajero al que aludía Dexter Morgan en el inolvidable serial homónimo de Showtime y que tenemos constancia de su existencia con un simple repaso al noticiero. Precisamente, a partir de un hecho real se gestó la cinta que nos ocupa. Un acto terrible que conmocionó a un pueblo británico, que como manda el canon de nuestro tiempo, lo dejó atrás con la misma celeridad. M. Kowalski lo trasladó al Voivodato de Baja Silesia, en el sudoeste polaco, para, desde los datos publicados, recrear ese infierno oculto en la mundanidad, tan cercano, tan dolorosamente reconocible.



«¿Cómo uno puede no tener empatía? ¿Cómo alguien puede ser simplemente malvado? », se preguntaba el joven cineasta polaco en la primera fase de la preproducción. La naturaleza del crimen en cuestión llamó la atención de M. Kowalski de tal manera que su traslación se convirtió en una obsesión. Hablamos del asesinato de James Bulger, de tan solo 3 años, en 1993 en Liverpool, a manos de Robert Thompson y Jon Venables, ambos de 10. A día de hoy, se siguen desconociendo las causas –la principal hipótesis de la policía fue el móvil sexual– que llevó a esos niños a, primero, secuestrar a Bulger en un centro comercial, para después mutilarlo hasta la muerte. Thompson y Venables se erigieron en los asesinos convictos más jóvenes de la historia de Reino Unido y fueron condenados a pena de cárcel hasta el comienzo legal de la adultez, en 2001. Venables ingresó, de nuevo, en prisión en 2010 tras ser acusado por tráfico y posesión de material pornográfico-infantil –que subrayaba la teoría inicial de los cuerpos de seguridad. ¿Cómo se aborda un acto de esta dimensión desde la ficción? M. Kowalski lo tuvo claro: desde la explicitud, sin ningún tipo de miramiento o compasión con la retina ajena. «Me adentré de lleno en el asunto, hablé con psicólogos y la policía. Resultó que había numerosos casos similares de violencia entre niños y adolescentes. Los casos de psicopatía infantil (o trastornos de conducta) plantean muchas preguntas difíciles, pero no dan respuestas en absoluto». Y he ahí el quid de Playground: plantear la cuestión de si se pueden discriminar las marcas implícitas del potencial serial killer, de la psicopatía, al fin y al cabo, en las primeras etapas de la pubertad. Independientemente del calado del film –que como ya han podido apreciar tras la descripción del primer párrafo tendrá una acogida que navegará entre extremos–, como si de la filia de Matt Hooper (Tiburón) por el psicópata de los océanos se tratara, el primer gesto del espectador será, sin duda, revisar la hemeroteca en busca de claves y porqués de la atrocidad. Es el poder de sugerencia de la imagen, capaz de captar la maldad, de darle forma, que suframos ante ello, pero, aun así, querer saber más. Es el extraño sendero que nos sugiere el terror; la vileza como elemento implícito de la humanidad.


Czarek y Szymek, dos niños aparentemente normales bajo los cuales late la monstruosidad.


LA INFANCIA DE TÁNTALO

La primera película de M. Kowalski, antes de la bifurcación a las vías anteriormente descritas, en sus dos primeros tercios mantiene las trazas del coming-of-age de factoría eslava –sobre todo en la construcción de los personajes–, dibujando las interconexiones entre Gabrysia, Szymek y Czarek, tres estudiantes de Educación Primaria que afrontan el arribo hormonal propio de los inicios de la adolescencia cercana la llegada del fin de curso. Entrambas relaciones nos descubren la esencia de los dos varones que acabarán siendo los protagonistas de esta tragedia. En ese sentido, cobra valiosa importancia la selección de casting: «La mayor parte de nuestro elenco es primerizo. No queríamos contratar a ningún actor conocido porque pensamos que sería algo que pondría en peligro la credibilidad de la historia. El realismo era nuestra principal prioridad. Por lo tanto, trabajar con nuestros pequeños actores era el aspecto más importante». Y lo que parece un drama típico sobre la convivencia en el entorno escolar, donde habitan intramuros las inseguridades y el bullying, se transforma en relato de horror. Quizá de los más duros captados por una cámara en el cine reciente. Un viraje que inicia con la reproducción de la única prueba que vinculó a los asesinos con la víctima en el caso en el que se inspira: una cinta de vídeo grabada por las cámaras de seguridad de unos grandes almacenes. A partir de ahí, juzguen ustedes mismos. ¿Pornografía visual? ¿O un impacto consecuente con lo expuesto? Nuestra visión se acerca más a lo segundo. El realizador de Gdynia impone la suficiente distancia para que el alcance sea visceral pero también intelectual, ya que rompe con las teorías constructivistas del desarrollo –base de la psicopedagogía moderna– de Lev Vigotsky, que enunciaban que la violencia en períodos tempranos estaba ligada a la emulación, al aprendizaje. Su epílogo no puede ser más desolador: una victoria que tendrá sus equivalentes en cada generación. Es tiempo de maldad; esta siempre estuvo ahí, independientemente de un apropiado contexto psicosocial.

Emilio M. Luna


ESTRENO: 25 DE MAYO


Polonia, 2016. T.O.: «Plac zabaw». Director: Bartosz M. Kowalski. Productores: Dariusz Pietrykowski, Andrzej Poleç, Mirella Zaradkiewicz, Feliks Pastusiak. Producción: Film It. Guión: Bartosz M. Kowalski, Stanislaw Warwas. Fotografía: Mateusz Skalski. Música: Krystian Eidnes Andersen. Dirección artística: Marek Warszewski. Montaje: Bartosz M. Kowalski. Intérpretes: Michalina Swistun (Gabrysia), Nicolas Przygoda (Szymek), Przemyslaw Balinski (Czarek), Pawel Brandys (padre de Gabrysia).


En resumidas cuentas

LO MEJOR: Los arrestos de su director…

LO PEOR: …que acaban superando el umbral de resistencia del estómago.

La secuencia: Lo sabrán cuando la presencien.

El momento: El primer trazo sobre la verdadera naturaleza de los jóvenes.

La imagen: La captura del secuestro en el Centro Comercial.

La frase: «¿Qué quiere de ti la gordita?» (Czarek).

El rodaje: Swidnica, Dolnoslaskie (Polonia).

Las cifras: 2.400.000 de zlotys Internet: http://www.syldaviacinema. info/playground

¿Por qué…: el jurado de la 64ª edición del Festival de San Sebastián no la tuvo en cuenta?


EL DIRECTOR Bartosz M. Kowalski

Nacido en Gdynia (Polonia) en 1984. Se formó académicamente en París y Los Ángeles, desde donde nacieron hasta cuatro cortometrajes con su firma –el primero de ellos, The Red Spider (2006), hecho con 100 euros. Tras licenciarse, regresó a Polonia para iniciar una colaboración con la versión local del canal HBO. Dirigió para ellos dos documentales: Moja Wola (A Dream in the Making, 2012) y Niepowstrzymani (Unstoppables, 2015), que tuvieron una gran aceptación en el Festival de Cracovia. Kowalski alternó su labor como documentalista con trabajos publicitarios para la televisión de su país. Un recorrido profesional que giró con Playground, su debut en el largometraje, que tuvo su premiere mundial en la competición de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

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